Recalculando el Cambio

Marzo 2015

El colapso económico de claras raíces morales al que nos llevó la casta de incompetentes que nos viene gobernando, ha servido para que la mayor parte del electorado se alinee hoy en una inédita voluntad de cambio. De cuán fuerte sea ese impulso al cambio, dependerá el resultado en dinero (bienestar) que el argentino promedio halle en sus bolsillos en los próximos años.
A mayor continuidad con lo conocido, menor cantidad de bienestar sustentable para cada uno y viceversa.

No deberíamos temer al cambio ya que, ciertamente, todo cambia. Y al igual que cualquier otro ente, la sociedad y sus oportunidades de movilidad social también necesitan de tanto en tanto un reseteo.
Lo necesitan sus sistemas económicos, políticos y organizativos que, como nos enseña la historia, cambian.

Hace 100 años los salarios de los argentinos eran superiores a los de italianos, españoles, franceses o alemanes y nuestra locomotora corría a kilómetro lanzado, descontando terreno a la estadounidense.
Argentina era el segundo país más poderoso de América (superando a Canadá) y su producto bruto era mayor al de toda Latinoamérica sumada, México y Brasil incluidos.
También allí hubo un cambio. Uno afianzado con feroz decisión por el equipo de J. Perón y E. Duarte, quienes viraron el timón nacional hacia la izquierda alejándonos del puerto liberal-capitalista para poner proa al autoritario-populista.
Hoy nos superan en ingreso vecinos como Uruguay o Chile, siendo que nuestro país habrá crecido durante el período del actual peronismo a un ritmo menor al 4 % anual promedio, aun partiendo con efecto rebote sobre cifras grotescamente aplastadas por el anterior colapso populista del 2001 y con un vendaval de cola ayudándonos. Una cifra por debajo de los crecimientos logrados en la región, lo que supone una continuidad en el retroceso.

El reseteo que la computadora social de nuestra Argentina necesita podría inspirarse en el título del film… Volver al Futuro.
No sería raro si consideramos las bellas palabras de Francisco L. Bernárdez (poeta y diplomático argentino, 1900-1978) ya que “lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado”.
¿Cómo es posible que sigamos entrampados en un sistema tan primitivo (el autoritario-populista); donde el bienestar de toda una enorme y diversa sociedad dependa del sentido común, la salud o el humor de una sola persona? Cae de maduro que las decisiones deben democratizarse.
El modelo de desarrollo que hace un siglo era representado por los conservadores y su sistema liberal-capitalista es hoy nuestro futuro, bajo la bandera de las más avanzadas verdades libertarias.

La verdadera democratización va más allá, incluso, de recuperar la república perdida. De luchar a brazo partido con alguna posibilidad de éxito parcial contra las eternas tentaciones y caprichos de funcionarios y legisladores electos, en los cientos de temas que impactan a diario en nuestras vidas y las de nuestros hijos.

El cambio que asoma en nuestra era tecnológica de redes y economía del conocimiento es aquel que profundiza la democracia hasta el hueso potenciando las decisiones de la gente; llevándolas desde el nivel “representativo” hasta el nivel “personal”. De lo basto y obligatorio a lo detallado y voluntario. De la irresponsabilidad de la manada (fuimos todos… no fue nadie; es de todos… no es de nadie) a la responsabilidad del individuo con su implacable justicia restitutiva, pero sobre todo con sus estimulantes premios al esfuerzo.
Cambio para el que hay un solo camino expedito: el de la libertad y la no violencia. El de la competencia limpia sin hijos y entenados dentro del más audaz y abarcativo concepto de función empresarial y la más moderna eficiencia dinámica. El camino del retorno a la moralidad del mérito, desandando en 4 años 7 décadas de dádivas contraproducentes con dinero ajeno, corrupción endémica y anti-cultura del trabajo. Revirtiendo 7 décadas de estúpido desangre de “contribuyentes” y duros frenos a la movilidad social de los honestos.

Como todos saben (o deberían saber), el mercado libre y competitivo, ese concepto tan odiado por los defensores del terrorismo de Estado fiscal, es la suma de las decisiones personales de todos los integrantes de una sociedad. Ni más ni menos que eso.
Aunque no les guste, es la más perfecta forma de democracia con votaciones diarias de los ciudadanos en cantidades mucho mayores que en las espaciadas elecciones políticas, decidiendo qué ventajas, productos, servicios o empresarios prosperarán y cuáles se hundirán por no querer servir a la gente en comodidad, precio y calidad.
Sin intermediarios difíciles de controlar. Sin negociados a costa del esfuerzo de otros. Sin vivillos parásitos ni inmensos costos de representación. Democracia directa, instantánea, autocontrolada y continua. Totalmente libre, asombrosamente justa, inapelablemente soberana. Hasta el hueso y sin trampas. ¿Qué más?

El resto fluirá casi naturalmente: el surgimiento y afluencia de capitales, los emprendedores y creativos innovadores, el ambiente pro-negocios limpios, la poda regulatoria con baja de impuestos, los aumentos de productividad y demanda laboral, la fuerte suba del salario real, el aumento de capacidad de consumo, el ascenso social y educativo de la población y, claro, la multiplicación de la solidaridad no compulsiva (la verdadera, la moral, la que suma).

Tal y como admitió finalmente el filósofo comunista Jean Paul Sartre (1905-1980) “Estamos condenados a ser libres y la total libertad es responsabilidad y compromiso”.
Se trata del norte al que debemos apuntar. Del objetivo ético más elevado, cercano a “lo imposible”, si queremos dejar a nuestros descendientes la herencia de “lo posible”.

Debemos superar entonces la seducción de la barbarie que nos propone esta democracia envilecida, votando una y otra vez por el menos intervencionista de los candidatos que se postulen a cada cargo. Aceptando el compromiso y asumiendo la responsabilidad.