Malas Personas


Enero 2014

Es sabido que los radicales, peronistas y en general los socialistas todos consideran que la producción, el esfuerzo, el talento, el éxito, el ahorro acumulado -en realidad la diferencia- deben sancionarse.
Los argentinos que crean riqueza, los que hacen, deben ser (según ellos) sancionados en forma proporcional con mayores impuestos por unidad cuanto más hagan, como dictan las mejores teorías de izquierda.
La tributación promedio nacional supera, así, el 50 % de las rentas ciudadanas (sin contar el impuesto inflacionario) mientras que los integrantes del sector agrario, por mencionar sólo un caso de maltrato dañino entre miles, soportan más del 80 %. Guarismos ambos objetivamente destructivos, en tanto confiscatorios.
Se trata de un tipo de discriminación progresiva (que debería ser estudiada en profundidad, consecuencias incluidas, por un INADI inteligente: al servicio efectivo de los oprimidos). De una acción de forzamiento que impone una igualmente progresiva conversión del ciudadano libre, en mero medio al servicio de otros.  
Cargamos hoy así con un abstruso método-yugo legal tributario esclavo-frenante en beneficio de siempre renovadas oligarquías parásitas y de sus parcialidades amigas, que colisiona de frente con el espíritu y la letra de nuestra Constitución.

Constitución que ya molestaba al primer peronismo y que por tal motivo fue reemplazada por un libelo fascista en 1949 haciendo volar por los aires el “contrato social” argentino,  llevando al país al borde de una guerra civil hacia 1955.

El populismo actual, fiel exponente de aquel originario hasta en sus más mínimas sinvergüenzadas, procura avanzar por el mismo camino totalitario de enriquecimiento ilícito y agresión impositiva. Objetivo que alinea en indignas cópulas transables a los tres poderes del Estado, haciendo caer el resto de su ya escaso ropaje de legitimidad.
Con la complicidad parlamentaria del pleno de políticos filo-socialistas, se llegó al absurdo de que el fin declarado y acordado del sistema tributario argentino sea que “los impuestos permitan alcanzar la recaudación necesaria para hacer frente a las erogaciones del Estado, de modo tal de cumplir con los objetivos de la política macroeconómica del gobierno”.
Los ladrones de turno al mando se aseguran entonces mediante la expropiación impositiva sin coto, el endeudamiento nacional y la emisión inflacionaria el gozo pleno, personal, casi lascivo del producto de sus desfalcos y la impunidad para llevar adelante una y otra vez políticas macroeconómicas de una imbecilidad supina, superadas décadas ha por la ciencia y la experiencia. Pisando con fuerza, claro está, sobre proyectos familiares, derechos personales, iniciativas sociales innovadoras y sobre todas las demás libertades básicas garantizadas por nuestra vieja -pero sabia- Carta Magna.

El reducir a mujeres y hombres a números, a objetos usables, a medios de los que obtener dinero por la fuerza (o la amenaza de su uso) opera no sólo contra el círculo virtuoso de la inversión y el crecimiento sino contra la moral, tal como lo dictaminara San Agustín en la Summa Theologica: “la ley del impuesto se torna injusta cuando su peso no es igual para todos los miembros de la comunidad; en tal caso más que leyes estos son actos de violencia”.  

Resulta desesperante prever y luego comprobar cómo este despojo auspiciado por leyes injustas va frenando gradualmente al país. Cómo lo envilece, empobrece y embrutece sin pausa.
Pero es el herramental de nuestro enemigo interno; de las malas personas felices de ver como la Argentina retrocede en el concierto global mientras, eso sí, sus capitales honestos remanentes pagan cada vez más impuestos y sufren cada vez más trabas.
Nuestro entero “modelo” conforma hoy una melaza impositivo intervencionista que impide la elevación de los rezagados sociales en exacta sincronía con el insensato freno a las potenciales conquistas empresarias argentinas en la arena mundial.

Sabios juristas han demostrado a lo largo de la historia que la facultad de gravar con impuestos es poder para arruinar y destruir y que por eso, debe limitarse con firmeza.
Lo cual es desde luego correcto pero constituye solo el principio de un razonamiento más extenso y silenciado, muy peligroso para todo estatista que se oponga a los mandatos constitucionales mencionados y que apoye en el cuarto oscuro, en cambio, el vil saqueo tributario de los mansos.  Razonamiento desagradable para un enorme sector social cuya complicidad, omisiones y negaciones en lo que respecta al hundimiento de nuestro país y de su gente van quedando cada día más al descubierto, mostrando en forma clara y manifiesta su colaboración en la ejecución del mal.
Hablamos de un razonamiento desarrollado por los más brillantes economistas de vanguardia demostrando que reducir la presión impositiva, en especial sobre los más exitosos, resulta en un mayor aflujo de inversiones creadoras de empleo genuino. Y que bajarla más, conduce a una disminución del déficit público en servicios e infraestructura, en favor de aún mayores inversiones de riesgo y tecnología privadas para la cobertura en más de dichas necesidades, con aumento real de salarios y mayor demanda de empleo.
Y que en la medida en que los tributos tiendan a cero reduciendo el ámbito de las atribuciones monopólicas del gobierno… la creatividad social-empresaria, la solidaridad ahora pudiente, las inversiones de todo tipo y la impetuosa generación de nuevos e insospechados trabajos mejor remunerados, tenderán a infinito.
Más Sociedad y menos Estado, en definitiva, impulsando un círculo virtuoso con el poder de devolver a nuestra Argentina al estatus de potencia rica y respetada que nunca debimos perder.

La solución inteligente, la mejor para los desfavorecidos no es sancionar la diferencia sino potenciarla; dejando que los capitales compitan, sin tanto miedo (ni envidia) a nuestra mejor gente.
Más deberíamos temer a nuestra peor gente, malas personas cuyas malas ideas hoy son gobierno... y oposición de centro izquierda.