Entre el Cielo y el Infierno

Agosto 2013

Vemos en estos días cómo los candidatos de la oposición en un curioso arco que va de comunistas a conservadores, coinciden en la necesidad de que la Constitución no sea modificada.
Sólo desean cambiarla quienes están conformes con las vilezas del régimen gobernante y que anteponen alguna ventaja propia o resentimiento del hoy a toda consideración de razón, derecho, patria o futuro comunitario. Vale decir la suma de quienes como ciudadanos argentinos se asumen orgullosamente oportunistas, vividores, extorsionadores, ladrones y enemigos de los valores éticos o morales de los que quieren respetar al prójimo.  

Descartada esta última lacra antisocial de compleja recuperación, queda la publicitada “Argentina, país de buena gente” cuyos referentes aseguran querer cumplir, ellos sí, con la Carta Magna.
Es la gente que venera y escucha con atención a ese Papa surgido de las entrañas de nuestra inmigración europea y que hace pocos días, en Brasil, dijo “…debemos asegurar a cada joven un horizonte trascendente, un mundo que corresponda a la medida de la vida humana, las mejores potencialidades para ser protagonista de su propio porvenir y corresponsable del destino de todos”. Condenando al mundo actual dominado por una cultura del descarte y por una crisis económica que castiga especialmente a las nuevas generaciones, a las que llamó a salir a las calles y rebelarse contra la opresión de los políticos corruptos que bloqueen sus horizontes de elevación personal.

Un gran llamado que propone objetivos imposibles de cumplir bajo el peso de un Estado que, desde sus tres poderes, vive del saqueo tributario, beneficia a sus amigos y detiene la innovación por la vía de reducir los derechos de propiedad de todos los demás.
Incluido el Poder Judicial de la Nación que, con la Corte Suprema a la cabeza, convalida desde hace muchos años una presión impositiva inconstitucional por lo confiscatoria (se sabe que superar el 33 % lo es) en franco ataque a la propiedad privada.

Para el ejemplo emblemático del agro y con motivo de la exposición rural de Palermo (según críticos especializados, la mejor del mundo en su género) se han hecho públicos estudios que demuestran que el gobierno se apropia de entre el 75 y el 90 % de la renta anual de cada productor. A pesar de saber muy bien que casi todos ellos tienen grandes capitales lícitamente adquiridos, invertidos profunda y permanentemente en el país. O tal vez por eso mismo.
Una receta infalible para la desinversión y la ruina, verdadero tapón al progreso social de todo el interior que entre otras calamidades ya consiguió frenar (de 7 años a esta parte) el aumento de la producción granaria en el ridículo -para la Argentina- techo de 95 a 100 millones de toneladas. Algo brutalmente inmoral, antes que nada, en el ecuménico contexto de un mundo hambriento.

Por cierto, el orden económico que dispone la Constitución que la oposición dice avalar, logró colocar a nuestra Argentina entre los 7 pueblos más prósperos de la tierra con tan sólo 262 leyes de índole fiscal, entre 1862 y 1930. Simples reglas básicas para un contexto de libertad de industria y verdadera competencia.
Aunque resulte duro de admitir para muchos, no fue la democracia lo que hizo grande a nuestra nación sino sus empresarios, sus emprendedores, sus innovadores e inversores privados. Sus inmigrantes que, como los padres de Jorge Bergoglio, llegaron aquí huyendo del intervencionista “bienestar” estatal (y la consecuente miseria crónica inducida) de sus países de origen.

El posterior intento peronista-radical-militar de reordenar la economía “redistribuyendo el ingreso”, viene sumando hasta hoy unas 10.000 leyes dirigistas que consiguieron hundir en la pobreza nada menos que al 32 % de los argentinos, mientras el Chile del “insensible derechista” Sebastián Piñera reducía ese índice al actual 14 % superándonos además este año y por primera vez en la historia, en ingreso per cápita. ¡Fantástico! La juventud del Papa argentino, agradecida a sus padres y abuelos (por sus fieros votos de izquierda).

Es la mentada “cultura del descarte” que cada año expulsa a más jóvenes fuera de la cultura del trabajo y la responsabilidad personal, hacia el “paco”, la delictuosa dádiva política y la desesperanza.
Un sistema que se agota en lo clientelar, en línea con el conocido “Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano”, premonitorio libro de los autores Vargas Llosa, Montaner y Mendoza. Y con su continuación “El Regreso del Idiota” donde aluden entre otros al idiota estrella, Hugo Chávez (con su socialismo jurásico), tan admirado por el matrimonio Kirchner.

Sólo será alejándonos de esta bestia coactiva que las palabras de Francisco I podrán hacerse carne en nuestra Argentina, en un primer paso mediante la restauración del imperio de la Constitución en lo que respecta a sus tácitos mandatos económicos, derechos y garantías individuales.

Para pasar más tarde a etapas superadoras por siempre de cualquier atroz dictadura política de mayorías con su correlato de opresiones inadmisibles -por esclavizantes- bajo la máquina estatista.
Una clase de evolución mental donde jóvenes y no tan jóvenes se permitan pensar seriamente en cuestiones prácticas, hoy revolucionarias como la no violencia impositiva, la cooperación voluntaria o el derecho inalienable a “no pertenecer” ni financiar lo que nos repugna. 
Incluido el derecho a la secesión federal y muchos otros paradigmas avanzados, ya estudiados por intelectuales de valía. Por pensadores de exquisita vanguardia como M. Rothbard, J. Huerta de Soto, A. de Jasay o H. H. Hoppe entre otros.


Porque señores, señoras, si la única herramienta mental que aceptamos es un martillo, nuestros problemas seguirán adoptando forma de clavo.