Voto Esclavo y Resistencia


Abril 2013

Volveré y seré millones de votos esclavos, podría haber dicho alguna demagoga de ley visto que la democracia, cuando es lastrada con demasiados millones de empleados públicos, de odiadores, de vagos, envidiosos e indigentes desesperados deja de ser un sistema civilizado de organización social.

Se transforma, como alguien dijo hace poco, en simple método para el arreo de ganado clientelizado.
Animales humanos usables (como cualquier bestia de servicio), con supervivencia gatillada a los “planes sociales” suministrados por un grupo de vivillos operando con dinero que no les pertenece.
La democracia republicana, representativa y federal deviene así en poco más que una bomba lubricadora de votos delincuentes, aunque (podría decirse, forzando la empatía) de electores cuasi inocentes por pura estupidez condicionada.

En dos palabras, voto esclavo.

La única forma de que algo así funcione superando la estupidez general, es que esta sea controlada por una élite inteligente.
Como la que operó a pesar de todo y con notable éxito durante los 80 años de progreso que siguieron a la sanción de nuestra Constitución (desde 1853; hace 160 años). Élite desaparecida en acción durante los siguientes 80 de decadencia (hasta 2013), reemplazada por los referidos grupos de vivillos.

Motivaciones diversas y muy distintos resultados, con forzamientos similares. Con el fraude patriótico de los caudillos conservadores durante el primer período o con el fraude clientelar de los punteros estatistas durante el segundo, pero siempre con el mismo voto falseado.

Un mal sistema que nos hizo subir a patadas violando el mandato electivo de la Constitución para luego hacernos declinar a trompadas violando, además, su mandato económico.
Retrocediendo durante la caída hasta el actual modelo jurásico donde la mayoría simplemente arrolla a las minorías, donde las leyes devienen arma y refugio de opresores antes que defensa de oprimidos y donde los cruciales derechos humanos de libertad y propiedad (base de todos los demás) se ven reducidos a materia residual opinable.

Algo no aceptable para que la totalidad de la población lo avale en tanto “contrato social” nacional de respeto y trabajo honesto.

Como sucede con los agropecuarios, a los que el Estado quita más del 80 % de su renta, a pesar de tener profundamente invertidos en el país grandes capitales, lícitamente adquiridos. Y que la quita sin mensurar las consecuencias en lucro cesante y daño emergente del conjunto (es decir, del bienestar popular) a largo plazo.
De hecho, se ha creado una situación en la que gran parte de la ciudadanía no avala -ni firmaría- en modo alguno el “contrato” de facto vigente cimentado en el voto esclavo y que nada tiene que ver con lo acordado hace exactas 16 décadas, en nuestra carta magna.

La pusilanimidad de los pueblos es proverbial cuando de rebelarse para destituir y encarcelar a los falsarios se trata aún cuando, como en nuestro caso, la Constitución lo prescriba con dureza.
Antes bien los ciudadanos suelen dejarse empujar, arrinconar, robar y matar en vidas miserables, presas de miedos y falsas esperanzas. 
Como lo probaron las interminables filas de mansas personas de bien insultadas, usadas y luego exterminadas en el Gulag de Stalin, en los campos de Mao, en el Reich de Hitler o en el violento eje corrupto de Castro y Chávez, excremento ideológico de anti-valores al que los sindicatos “docentes” (¿?) de nuestro país adscriben.

Caminando en filas como aquellas y más allá del voto esclavo, una importante mayoría de argentinos cree todavía en la magia del control socio-económico centralizado. Autoritario. Mesiánico.
Mas los delirios mágicos devienen fatalmente en delirios de persecución, transformando de a poco la planificación centralizada de la vida de la gente en un reinado del terror.

Equiparando esta experiencia trágica a un juego para su mejor comprensión, podríamos asimilar los problemas de nuestra sociedad a los planteados por mil partidas de ajedrez jugadas en simultáneo. De este lado, las figuras negras; de aquel lado, las blancas.
Nuestro líder dirigista pondría entonces a trabajar a sus funcionarios: celular en mano para dar órdenes, algún ministro sería responsable del movimiento de todos los alfiles y otro, de todas las torres. Procediendo así con cada tipo de piezas negras (peones, caballos etc.) a lo largo de la fila de tableros, el resultado previsible sería… una aplastante victoria para los ajedrecistas del bando blanco.

¿No hubiese sido mejor dejar a los funcionarios sin “ordenar” nada y a los ajedrecistas del bando negro tomar sus propias decisiones acerca de cómo y cuándo mover un caballo o una torre?

Si la línea de los tableros fuese la cordillera de los Andes, los chilenos serían sin dudas los jugadores de piezas blancas: sin hacer ninguna maravilla con su apocado gobierno de centro-derecha, Chile confió más que nosotros en su gente, en su cooperación espontánea e iniciativa privada. Eso fue suficiente para que en estos últimos 10 años (y a pesar del terremoto sufrido) nos “pasara el trapo” dejándonos atrás en todas las  mediciones de desempeño comparativo, empezando por las de educación, pobreza e inclusión.

Hoy, elegir izquierdas es ser colaboracionistas en la infame traición a la patria marcada por el voto esclavo. Votar menos Estado y más Sociedad, menos regimentarismo y más libertad de industria a todo orden es, en cambio, ponerse del lado correcto: el de la Resistencia.