Seguí Participando

Noviembre 2011

Existe otra visión con respecto al resultado de las elecciones de Octubre, distinta de la patrocinada por nuestra Corporación de Negocios Políticos (o “clase política”).
Una visión obtenida desde la altura del siguiente escalón virtual de observación. Basada en considerar -en números redondos- que sobre un padrón electoral de 28.867.000 personas habilitadas, sólo se presentaron a votar 22.392.000. Y que de esta última cantidad, 908.000 optaron -de una u otra manera- por ejercer su voto en negativo anulando, impugnando o ensobrándolo en blanco.

Los denominados votos positivos, tan caros a la Corporación que diseñó el sistema, sumaron entonces 21.484.000 (algo más del 74 % del padrón) siendo sobre este sólo universo que se computaron los porcentajes anunciados.
Así es como la Sra. de Kirchner llegó con escasos 11.601.000 votos al 54 %, aunque sobre la totalidad de los ciudadanos con derecho a sufragio dicho número descienda hasta el 40 %.
En efecto, 17.266.000 personas habilitadas, el 60 % del padrón, sea por acción u omisión no la votaron.
El segundo más votado, Sr. Binner, obtuvo el apoyo de un falso 17 que fue en realidad cercano al 13 % así como el tercero, Sr. Alfonsín, obtuvo reales 8 en lugar del 11 % proclamado.

Aclarada esta visión de conjunto que pone la elección en su justa perspectiva, debemos mirar atrás y considerar a los 6.475.000 ciudadanos que ni siquiera se presentaron a votar.
De la mayoría de ellos podría inferirse -con escaso margen de error- un desinterés importante por la “cosa pública” y por lógica oposición… un interés mayor por la “cosa particular”, sea esta cual fuere.
Porque dejando de lado a viajeros, impedidos o personas muy ancianas que, aún deseándolo, no pudieron ejercer su derecho al voto, muchos millones de adultos (¿más de 5 millones?) sacudieron una vez más al país con su mensaje de fastidio antisistema.
Sumados a los más de 900 mil que se tomaron la molestia de votar en negativo, podría calcularse en 6 millones (21 % del padrón) a los argentinos que siguen negándose a prestar su acuerdo a esta dirigencia, a confiar en su “justicia”, a avalar sus “leyes” o relatos y en general a aceptar a la democracia política y su injustificable sistema de exacciones.

Una cifra demasiado grande como para ignorarla, tal como lo hace la Corporación. Un “problemita” de 6 millones de ciudadanos díscolos que “no encajan” en su plan de negocios y que conforman una solapada Resistencia que, al igual que ocurría antaño con otros atropelladores nazi-fascistas, amenaza su red de privilegios.
Desde luego, no es esta una visión que agrade a los millones de clientes/cómplices del oportunismo de corto plazo que nos hunde.
Sí se trata, en cambio, de la visión de otros millones de jóvenes de pie e indignados en plazas y ciudades a lo ancho del planeta, que consideran no funcionales a la democracia y sus modelos económicos tal y como están planteados y que reclaman de sus sistemas, cambios profundos.

Como quiera que sea, las elecciones en este tipo de democracia delegativa, tan primitiva, hipócrita y llena de bloqueos no son más que la foto congelada y extendida de 1 día sobre otros 1.460 días (4 largos años).

Lo cierto es que a la gente sin privilegios le interesan muy poco todos estos enredos y disquisiciones políticas. Lo que les interesa es vivir mejor, y rápido, disponiendo de mucho más dinero “sólido y limpio” para ser libres de elegir (porque de esto se trata la libertad) cómo gratificarse, cultivarse, invertir, progresar o ayudar en serio a quienes crean conveniente hacerlo. Llámese como se llame el sistema que les asegure tal resultado.

Es ese interés mayor por la “cosa particular” del que hablábamos. Por la felicidad y prosperidad familiar sin tanta traba estúpida improvisada (¡una y otra vez!) por funcionarios de poco seso, situados muy por debajo del desafío que enfrentan.
Y no es necesario desechar la palabra democracia a pesar de todas las connotaciones opresivas, violentas y cavernarias que el populismo atornilló en la mente de las personas evolucionadas y sensibles (sin versos demagógicos) con el prójimo.
Antes bien deberíamos hablar de una profundización del modelo democrático, extendiendo los derechos de decisión personales a más y más facetas de nuestra vida en sociedad, quitándoselos al Estado. Decisiones que sólo pueden hacerse reales con dinero efectivo ya que en una sociedad estatista y proletaria (todos pobres, como en Cuba, modelo camporista al que nos dirigimos), tal libertad de opciones carece por completo de sentido.
Seguridad privada, educación privada, medicina prepaga privada, seguro de retiro privado, abundante crédito privado y mil opciones deseables más de consumo avanzado para el mayor número sólo son posibles aplicando a pleno la potencia creadora del capitalismo libertario, para volcar aquel dinero “sólido y limpio” en los bolsillos de la gente.

En verdad, la utopía peronista, socialista o radical de un Estado benefactor que arrulle, cultive y contenga a decenas de millones de vagos e inútiles, exprimiendo y enervando más y más a los sectores eficientes en el camino, es una vía sin salida.
Como lo demuestra nuestra decadencia económica y moral, desplomándonos unos 70 puestos en el ranking durante los últimos 70 años, con su correlato de brutal freno al progreso para los más indefensos.

Coincidimos en cambio con el pensamiento hiper-realista y pro-riqueza popular de David Friedman, economista norteamericano: “Todo lo que el gobierno hace puede ser clasificado en dos categorías: aquello que podemos suprimir hoy y aquello que esperamos poder suprimir mañana. La mayor parte de las funciones gubernamentales pertenecen al primer tipo”.

Y vaya nuestro mensaje comprensivo para el votante que apoyó la continuidad del monopolio: seguí participando, hermano.