De Relatos y Verdades

Noviembre 2011

Recordábamos hace poco lo que sucedía con el relato oficial de los hechos y la percepción de la mayor parte de los argentinos allá por el ‘82, en tiempos de la guerra de Malvinas.
Si bien en esa época, al igual que ahora, teníamos acceso a las opiniones especializadas que sobre el suceso publicaban los medios extranjeros, la opinión pública prefería ignorarlas para “creer” aquel relato oficial tranquilizador que aseguraba que éramos los más vivos y que estábamos ganando la batalla.
El despertar fue duro; ciertamente traumático para muchos, pero sirvió al menos para corroborar que una prensa libre (sin autocensura ni presión estatal, directa o indirecta) siempre es mejor para anticipar las salidas más convenientes. En lo que sea.

Hoy día también podemos acceder a información objetiva, como la que publica el diario ABC de Madrid en referencia a nuestras elecciones presidenciales, donde registra que la mayor parte de la población argentina identifica al gobierno, con causa, con crecimiento sostenido, mejoras sociales, abultadas reservas y autoestima en alza.
Anotando a continuación que debido a esta percepción, asuntos tan dañinos como la corrupción, la inflación, la pobreza, la economía de subsidios, el control de precios, el cerrojo a las importaciones, la ausencia de acceso al crédito, la fuga de capitales, la mentira estadística y el autoritarismo mafioso no hacen mella en el electorado.

O como la del matutino Finantial Times de Londres, registrando que el crecimiento argentino está basado en el boom comprador inspirado por China. Que casi dos terceras partes de nuestras exportaciones se basan en materias primas y que para que esto continúe, sus precios deberán seguir subiendo. Que el excedente fiscal hace rato que es una ficción y que los faltantes han sido cubiertos saqueando los fondos de pensión y las reservas del Banco Central, mientras la inflación se dispara a más del 20 %, cae la inversión real comparativa y el gasto público se incrementa a razón de 34 % al año.
Anotando también a continuación que nuestros ciudadanos no votan basándose en estos datos macroeconómicos sino en sus sentimientos. Y que se sienten bien con el fútbol para todos, los beneficios para la niñez, los aumentos de salarios y jubilaciones, las laptops y el índice de desempleo.
Concluye aclarando para sus lectores, por si hiciese falta: “son los subsidios, estúpido” y que la Boudou-economía es, apenas, una voodoo-economía o sea… otra máscara más destinada como todas, a caer.

El libre mercado es tan impopular frente al intervencionismo porque no nos ofrece favores, subvenciones, privilegios, monopolios ni exenciones. Su lógica y su premio son infinitamente mayores, desde luego, pero… ni la gente vota aquí por el mediano-largo plazo (pensando en sus hijos y nietos) ni es consciente de la verdad.
La información y su comprensión son, en tal sentido, imperfectas porque el relato -tanto el del gobierno como el de la oposición- se arma sobre distintos tipos de “verdades”.

Al decir del filósofo norteamericano Leo Strauss (1899 – 1973) “la verdad es solamente para la élite. Para los demás corresponde una retórica basada en la utilización de nobles mentiras, necesarias para tener quieto y feliz al vulgo”.
Así, hay verdades apropiadas para adultos muy cultivados, verdades para personas con estudios, verdades para estudiantes y otras adecuadas para infantes o para gente de escasa instrucción.

La mera idea de un modelo dirigista que encarne una verdad para todos como camino hacia un Estado de Bienestar para el mayor número, es una falacia. Se trata sólo de la herramienta de manipulación usada con las 3 últimas categorías de personas de nuestro ejemplo y diseñada para mejorar el nivel de vida de los políticos, de sus familiares, amigos, asociados y vagos conexos más allá de que, mal o bien, algunos problemas cotidianos se resuelvan. Aún silenciadas por la hipocresía de lo “políticamente correcto”, la mayoría de las personas saben que esto es así.

Informaciones como las del Finantial Times o el ABC podrían ser, por su parte, verdades apropiadas para mujeres y hombres con estudios y una visión conformista de mediano plazo. Representan el tipo de análisis que -si bien ciertos- no llegan al fondo de la cuestión y que también resultan funcionales en última instancia a la corporación política en general, organismos supra-nacionales y otros, dando por sobreentendido que su costosísima burocracia intervencionista es inevitable.

El duro fondo de la cuestión, advertido y desenmascarado por pocos, es que los electores no tienen influencia alguna en lo que los políticos y su maquinaria estatal de negocios hacen entre elecciones.
Y es también asumir con toda crudeza que vivimos en una sociedad enferma, llena de gente que no iría directamente a robarle a su vecino, pero que está muy dispuesta a votar para que el gobierno lo haga por ella, aún mediante la aplicación de violencia (o su amenaza) sobre gente pacífica y laboriosa.

Quienes usan su sentido común, comprenden y asumen la conveniencia de aceptar no sólo que el fin nunca justifica los medios sino que acciones inmorales y reñidas con la ética, como el robo y la violencia, encuentran su propio castigo tarde o temprano, por la más dura de las vías.
Como nos sucede hoy con el cierre gradual del propio féretro ciudadano, cuya tapa remachan la total dependencia fáctica del federalismo o de los poderes Judicial y Legislativo… del poder Ejecutivo y su Caja, y la brutal desactivación fáctica de toda institución de control republicano.

Para esa (por ahora pequeña) élite resultan muy claras, entonces, las palabras de Ronald Reagan (presidente estadounidense 1911 – 2004) “El gobierno no puede resolver el problema. El problema es el gobierno, tanto como las de Friederich Hayek (premio Nobel de economía 1899 – 1992) “Debemos una vez más hacer del construir una sociedad libre una aventura intelectual, un acto de valor.