Sueño Americano

Octubre 2011

Hay más de 46 millones de pobres en los Estados Unidos, sobre una población de 310 millones de personas. Para el país del norte, el límite que define la pobreza es de 1.860 dólares mensuales para una familia tipo de 4 integrantes o de 930 dólares para una sola persona.
Agreguemos que según cifras oficiales, el ingreso promedio cada 30 días para una familia de clase media se ubica en la -para nosotros considerable- suma de 4.125 dólares.

Pero lo importante no son estos números sino la tendencia porque esta pobreza, del 15 %, viene de subir casi un 1 % desde la última medición interanual constituyendo el incremento más grande desde que comenzaron a mensurarla, hace 52 años.
Son constataciones que no sorprenden a las personas informadas; datos que marcan un nuevo y claro mojón en el lento declive de la superpotencia.

Como claras son las causas, magistralmente expuestas ya en el año 2008, en el libro del estudioso argentino Alberto Benegas Lynch “Estados Unidos contra Estados Unidos” editado por el Fondo de Cultura Económica.

Un declive de más de 8 décadas que la dinámica de los hechos va acelerando, pero que fue “lento” durante mucho tiempo debido a que estuvo determinado por un encuadre comparativo con “modelos” aún peores, en otras sociedades tan poco perspicaces como mal lideradas. O deberíamos decir con más propiedad, criminalmente lideradas ya que de la obcecada limitación mental o conveniencias personales de sus dirigentes, resultó la muerte prematura o el sufrimiento innecesario por pobreza de muchos millones de hombres, mujeres y niños.

El opacamiento del poder moral y económico de los Estados Unidos coincide día por día con el aumento del peso de su Estado sobre los ciudadanos. Del reglamentarismo obsesivo, de la inflación legislativa y burocrática, del intervencionismo coactivo (de quienes no crean ni producen nada) en cada rincón de su economía de crecientes subsidios y gasto público… y de su obvia consecuencia: el aumento asfixiante de las tasas de imposición y endeudamiento sobre toda su sociedad.
En síntesis, del desconfiar del ser humano como libre emprendedor por miedo a su capacidad de daño egoísta, para pasar a confiar en él como semi-dios regulador, “olvidando” que se trata del mismo ser humano; sólo que con su capacidad de daño egoísta, ahora si, multiplicada e impune.

Sin duda vienen (al igual que nosotros) errándole al blanco. Fallando en proseguir el mandato de su Padre Fundador, Thomas Jefferson (1743 – 1826), quien dijo “los dos enemigos de la gente son el gobierno y los criminales. Atemos al primero con las cadenas de la Constitución para que no se transforme en la versión legalizada del segundo”.
Proféticas palabras pronunciadas al inicio del espectacular crecimiento norteamericano del siglo y medio siguiente, dando pie al alud de personas que buscó y halló el maravilloso Sueño Americano de justicia, libertad individual, riqueza y progreso.

Nuestra Argentina tuvo, asimismo, su glorioso tiempo de “sueño americano”. Fue cuando el liberalismo (el serio, no el posterior “martínez-de-hoz-menem-trucho”) gobernaba y los inmigrantes europeos llegaban por millones a una tierra donde -al igual que ahora- estaba todo por hacerse.
Aquí también vinieron atraídos por la política del “dejar ser, dejar hacer”, de brazos abiertos, pocos impuestos y pocos cafishos regimentadores parásitos. Atraídos por la decisión dirigencial de mantener frenada la máquina de impedir.
Nadie les regaló nada pero los dejaron hacer y lo hicieron. Construyeron sólidas familias, casas, ahorros y negocios. Mandaron a sus hijos a las universidades y dinero a sus familiares oprimidos por los Estados del viejo mundo. Y levantaron lo que era un desierto atrasado y semi salvaje llevándolo a los primeros puestos de respeto, cultura y poder en el ranking de las naciones.

No vinieron, como ahora nuestros vecinos y desahuciados internos, atraídos por subsidios al no-trabajo, por “leyes” protectoras de atorrantes o por sistemas de salud pública, jubilaciones o vivienda (colectivizados y seriados a bajo nivel) que clientelizan y “regalan” irresponsablemente, con cargo al quiebre productivo nacional.
Con alicientes como los de la Sra. de Kirchner o su socio el Sr. Binner, desde luego, no hubiera venido nadie (como que nadie fue a otros lados) y la Argentina… hoy sería Bolivia.

Sin embargo y según todo indica, en pocos días volveremos a entronizar al gobierno que en los últimos 8 años aumentó en un 47 % la masa de empleados públicos o que premió y protegió a terroristas destructores del “dejar ser, dejar hacer” (nativos y extranjeros, como en el caso del asesino chileno Apablaza Guerra). Un gobierno que viola la Constitución de nuestros Padres Fundadores, asegurando a diario que los argentinos ya no estén amparados por las leyes que protegían la libertad (de invertir, comprar o vender lo que sea y a quien sea), la vida (coto a la delincuencia, piquetes mafiosos incluidos) y la propiedad privada (confiscación impositiva del producto de nuestro riesgo y labor). Imponiéndonos continuas inconstitucionalidades por vía de saturación. Un gobierno que colocó al país en el puesto 105 sobre 178 en el ranking de corrupción de Transparency International y en el puesto 115 sobre 183 del ranking de facilidad de negocios del Banco Mundial. O en los pésimos resultados del test internacional Pisa sobre educación, haciéndonos retroceder a lo largo de los últimos 10 años en comprensión de textos, matemática y ciencias. Un gobierno que considera enemigos cooptables a casi todos los pilares de nuestra nacionalidad: Fuerzas Armadas, Iglesia, Periodismo, Oposición, Complejo Agroindustrial, Poder Judicial y Congreso. Y que dividió intencionalmente, haciéndonos perder el sentido de pertenencia que nos unía como sociedad; sin objetivos compartidos a futuro ni acuerdo alguno con respecto a lo pasado.

El sueño americano, aquí y allá, muere lentamente de inanición mientras descendemos hacia el infierno de grupos humanos tan colectivistas y esclavos como una colonia de hormigas.

Sin embargo sabemos que cuando la sociedad pierda el miedo a dejar la droga tribal del subsidio (con sus efectos dañinos de hundimiento a través del robo y la mentira), los opresores habrán perdido la manera de controlarla. Porque toda tiranía, incluida la de primera minoría, se apoya en consensos generales basados en el temor.