La Evolución de la Solidaridad

Septiembre 2011

Un pueblo evolucionado debe ser, obviamente, un pueblo de gente generosa. Inclusiva, sensible y solidaria con los desafortunados, en especial aquellos que están más cerca.

En la campaña electoral de los días que corren escuchamos al gobernador, candidato presidencial, médico y socialista H. Binner poner el acento de su propuesta en este último punto.
Haciendo de la solidaridad la llave para promover el bienestar general y resolver los conflictos sociales. En el medio para retomar nuestro prestigio y poder económico -con el plus de la autoridad moral- en el top ten mundial.
Este colocar el trineo por delante de los perros es un planteo teórico que agrada a muchísima gente. Personas que se dicen dispuestas a compartir todo lo necesario -a través de los impuestos- para que nuestra sociedad crezca en forma pareja, aún sacrificando velocidad si esta implicase desigualdad. Mujeres y hombres a los que les gusta verse como solidarios, éticos y que en virtud de ello votan izquierdas como la de Binner sin dejarse arrastrar por el egoísmo.

Resulta innegable el “éxito de ventas” emocional de esta presentación, y razonamientos de similar calibre fundamentan el atractivo del progresismo en general. En verdad, el arco partidario entero se encuentra transversalmente penetrado de esta amable, condescendiente visión del progreso.

Pero la solidaridad, la ética, el problema del egoísmo, los impuestos y la igualdad son otra cosa.

En primer lugar porque la misma noción de una solidaridad coactiva (por medio de impuestos) contradice la naturaleza intrínseca del acto solidario, voluntario por definición.
Llamando a las cosas por su nombre, esa “política solidaria” es en la práctica algo así como “quito por la fuerza, me quedo y reparto a discreción para seguir tapando parte del actual desastre de pobreza y decadencia ética, causado por la incompetencia de mi modelo populista. Si no puedo atraer capitales para crecer en serio, al menos distribuyo todo lo que pueda aspirarse hoy, aunque signifique hambre por falta de inversión para mañana”.

En todo caso, los votantes de esta vasta coincidencia transversal deberían renunciar al robo oficial que apadrinan sobre aquellos contribuyentes que no están de acuerdo con seguir alimentando las arcas de un sistema de auxilios que consideran ineficaz, mediante dineros restados a la producción y al trabajo real.
Sistema social-fascista que mostró ya desde el vamos su ineptitud para construir una Argentina potencia, siendo historia infalseable que en 1945 nuestro país era la potencia de Latinoamérica, acreedor del Primer Mundo, que el Banco Central rebosaba de oro y que la opinión pública global nos ubicaba como destinados a sentarnos en la mesa de las grandes decisiones. Y que a la caída de su primer régimen, en 1955, nos habíamos transformado en la nación que aún hoy somos: quebrada, deudora, de dirigencia ignorante, mal educada y soberbia. Sin crédito, futuro ni prestigio y superada hasta por sus vecinos sudamericanos.

Renunciar al robo y a todo puño amenazante sobre gente pacífica, por ejemplo, apoyando que aquella parte de impuestos afectada a la solidaridad forzada sea reintegrada a quienes expresen su voluntad de usar ese dinero en reinversiones productivas o iniciativas particulares de ayuda, que generen solidaridad evolucionada a través de empleos y oportunidades diversas, priorizando la dignidad del esfuerzo por sobre la limosna. Como podría ser dedicarlo a sus emprendimientos, viviendas, indumentaria, vehículos, turismo, cultura y otras necesidades vitales que demanden mano de obra real, innovación, integración globalizada de proveedores y en definitiva, rápida creación aumentada de riqueza social.
La tecnología informática actual lo hace posible, desde luego, con la simple instrumentación de una tarjeta tributaria o el acceso electrónico al manejo de la propia cuenta impositiva, con algún retrocontrol interactivo de la autoridad de cobro, por caso.

Línea de razón que nos conduce, en segundo lugar, a la mentira de la bella afirmación de estar dispuestos a apoyar tributariamente la solidaridad forzada: la misma inmensa mayoría transversal que simpatizó con esta idea en la última votación, sería la primera en atropellarse en presentaciones de acogimiento a tales exenciones. Querrían menos voracidad fiscal sobre su gasoil, sus cigarrillos, sus alimentos, su electricidad, su agua y su gas. Menos impuestos bancarios, menos ABL, menos IVA encareciéndolo todo o menos retenciones a quienes compran y producen desde el interior, entre muchas otras cargas paralizantes. ¿O no son argentinos modelo 2011, acaso? Sería de estricta justicia y nadie objetaría, claro, que los aportes de quienes sí deseen seguir pagando estos niveles de imposición sean destinados a los planes sociales digitados por el gobierno clientelar de turno.

Como bien reza el lema del poco conocido (pero muy argentino) Partido Liberal Libertario “tienes derecho a escoger líderes para ti pero no tienes derecho a imponer dictadores a otros”.

Más allá de la gradualidad o de la obvia comprensión de muchas situaciones puntuales de real emergencia, se trata de distintas maneras de entender el vocablo “ayudar”, abriendo paso aquí también a la tan declamada como poco asumida no violencia.
Ya que ética también significa renuncia a la violencia como forma de lograr nuestros objetivos, además del apoyo a la cultura del trabajo y del respeto a lo honradamente obtenido por otros.

Y en tercer lugar, quienes así han sufragado no deben perder de vista que estar dispuestos a “sacrificar velocidad de crecimiento si implica desigualdad”, también significa condenar a los 10 chicos por día que en nuestro país mueren por desnutrición, a seguir muriendo durante cada día, mes y año siguientes. O significa condenar a otras 15 personas por día que mueren en accidentes por nuestra injustificable falta de autopistas, por dar sólo dos ejemplos entre muchos. Significa ser cómplices de estos crímenes y aceptar sobre sus espaldas la responsabilidad de haber reelegido a estatistas para que insistan, una y otra vez, con sus recetas mil veces fracasadas.

3.600 niños y 5.500 automovilistas por año, más todos los adultos obligados a soportar sin necesidad situaciones de indigencia que amargan y acortan sus vidas, marcan también el verdadero rostro del egoísmo sin límites de gente que gusta considerarse socialmente sensible y que puede darse el lujo de esperar disfrutando del actual festival de subsidios y corrupción intervencionista, mientras condena a muerte a indefensos (por edad o por ignorancia) que no pueden hacerlo.
Este tipo de barbarie debería ser considerada crimen de lesa patria y sus responsables, ser duramente castigados/as por la Justicia y por la Historia.

Entonces y de una buena vez ¡bienvenida la desigualdad, carajo! Porque es el ojo de la aguja por donde hay que pasar, ineludiblemente, para llevar un enérgico, decidido, sustentable bienestar a desamparados y desprotegidos.
Desde luego las sociedades más ricas (con menos pobres), donde proliferan las fundaciones y donaciones voluntarias, son las que tienen mayores y más constructivas solidaridades per cápita para los realmente necesitados.

Si fuésemos un poco menos envidiosos, vengativos y egoístas nos molestarían la pobreza fabricada por el populismo y la vagancia viciosa que le es inherente, no las diferencias.
Son las diferencias las que energizan el esfuerzo creativo que sumará a la riqueza del conjunto. Mientras que el igualitarismo de mérito que aplana y desanima por las vías del saqueo impositivo y reglamentario… es el cáncer que está devorando los huesos de nuestra Argentina.