Entrada Libre y Gratuita

Agosto 2011

No existe hoy en el mundo, un Estado cuyas políticas no se hallen influidas por el más común bloqueo mental de nuestro tiempo. Aquel que lleva al gobernante a creer que sus intervenciones legales y económicas pueden servir al país, mientras considera sus resultados sobre cierto grupo “en problemas” (casi siempre es un grupo, un sector, una parcialidad) sin meditar en profundidad qué consecuencias producirán esas intervenciones a largo plazo, con sus posibles derivaciones y efectos cascada, no sólo sobre ese grupo sino sobre toda la comunidad. Las consecuencias inmediatamente visibles no son, desde luego, todas las consecuencias. Sólo son las “políticamente correctas”; las de corto aliento; convenientes, si, para el voto y el bolsillo del funcionario y sus amigos pero casi siempre de suma negativa para la nación como un todo interdependiente.

Es necesario para la presidente, para el legislador o para el juez de la Corte calar mucho más hondo si pretenden sostener la ficción de ser verdaderos estadistas que conducen al conjunto social hacia un bienestar superior. Condición intelectual y ética, ésta última, ausente en nuestro bello país desde hace al menos siete décadas.

A colación de las recientes invectivas del inspirado músico Fito Páez contra los votantes capitalinos (que hablan más de su persona y de su nivel de inteligencia que de sus insultados), nos parece oportuno levantar un tanto el velo de lo que ocurre en relación a intérpretes que se especializan en morder la mano de quien les da de comer.

Resultan comunes en nuestro país los grandes recitales públicos de cualquier clase, profusamente publicitados como de “entrada libre y gratuita”. Los artistas contratados -o comprados- cobran su cachet, abonado desde alguno de los 3 niveles de gobierno (nacional, provincial o municipal), con arreglo cierto a las necesidades del calendario electoral.
Los funcionarios a cargo de los respectivos Ejecutivos se presentan, así, brindando en forma personal y magnánima a determinada cantidad de individuos (el “grupo” del que hablábamos al principio) la posibilidad de asistir, invitados, a estos eventos.

Destinado a cultivar un sentimiento de lealtad y agradecimiento al líder -o al führer o capo, en nuestros regímenes mafiosos- este “sobrecito” artístico es sólo una entre muchas otras prácticas coimeras conocidas en general como clientelismo. Pero sucede que los beneficios que recibe la gente no son “regalo del líder”, en verdad, sino una mini devolución sobre las bestiales sumas que previamente el líder les quita.
Tan bestiales como que en nuestro país, la carga impositiva sobre los que cobran un sueldo es de alrededor del 50 % de sus ingresos contando IVA, impuestos provinciales y municipales e impuestos al mismísimo trabajo. Sin contar los demás tributos implícitos en cada cosa que cualquier miembro de la familia del asalariado compra. Sumas que representan gran parte del precio de aquello que está adquiriendo, desde gasoil a una lata de arvejas pasando por la cuota del lavarropas. Cosas que costarían mucho menos si decidiéramos abolir esas cargas, “aumentando” así en forma muy importante los haberes generales.

Esos mismos billetes tan duramente ganados y entregados son despilfarrados (esterilizados) a vista de todos, en corruptelas como la de las valijas de Antonini a cambio de deuda externa más cara, en Madres delincuentes, en inútiles y concurridos periplos de 5 estrellas, en cuentas numeradas del exterior o en “untar” magistrados y senadores que sostengan -como sea- el statu quo.
E innúmeras dádivas filo-mafiosas como la del “fútbol para todos”, la de la publicidad oficial o la de… financiar recitales.

Si nos abstenemos de usar cerebro, ética y experiencia histórica para suponer, por un momento, que la mejor manera de promover el bienestar general es a través de la exacción impositiva, deberemos tener presentes un par de cosas. En el uso de nuestro (siempre escaso) dinero en cosas tales como los recitales de Fito Páez, Teresa Parodi o Ignacio Copani, los políticos se florean eligiéndole un destino (el clientelismo musical, por caso) a expensas de otro. Como podría ser el fomento a la creación de nuevo empleo a través de incentivos que multipliquen la inversión productiva, por medio de desgravaciones sobre impuestos como Ganancias, Bienes Personales, Cheque o Ingresos Brutos. Desgravar es parecido, aunque obviamente mucho más eficiente (y elevador de estima) que reintegrar o subvencionar, que son sus variantes dirigistas en este gran negocio de elegir en nombre del pueblo el destino de dineros previamente expropiados.
Acciones estatales como los festivales, que podrían haber sido realizadas (sin costo impositivo) por iniciativa privada, además, prostituyen y quitan trabajo multiplicador de empleos genuinos a emprendedores, generando el consiguiente lucro cesante social.
El tiro de gracia termina dándolo la propia naturaleza humana a través del comportamiento comprobado durante cientos de años, en la falacia de este negocio de la coacción llamado Estado, donde el funcionario imbuido con tal poder de decisión siempre acaba llevando agua económica para su molino particular, grupal o ideológico; tarde, mal o nunca para el molino de todos.

Prácticas que, por otro lado, van atornillando el letrero de Gran Década Infame, a la que venimos transitando desde el 2003 caracterizada (en versión corregida y aumentada con respecto a la empequeñecida década infame del pasado) como entonces, por la compra, soborno y manipulación de votantes.

Lo correcto, lo impensable para la mentalidad social-estatista que nos frena sería dotar de verdadero poder económico al común de la gente, propiciando una sociedad de propietarios en lugar de la actual sociedad de mendigos subsidiados.

Accediendo a respeto social, autoestima alta y bolsillos bien provistos todos podrían pagar la entrada a los recitales de su preferencia, entre muchas otras libre-elecciones de compra.
Comunidad de propietarios y libertad real de elección que, demás está decirlo, sólo puede brindarnos un capitalismo avanzado, sin lugar para envidias estúpidas ni temores retrógrados.