Levantando la Mirada

Julio 2011

Suman muchos millones los argentinos que no se conforman con la mera supervivencia en un mal sistema. Pateador serial de problemas que inevitablemente se agrandarán con el tiempo. Como viene sucediendo una y otra vez desde hace 66 años, por lo menos, mientras alimentamos villas miseria cerrando la economía con cargo a nuestra producción eficiente. “Piolada” argentina que nos llevó al espectacular retroceso-país en la tabla de posiciones, con cargo… a los sectores más vulnerables.
Son muchos los argentinos hartos de hartazgo absoluto. Hartos de pobreza-por-palos-en-la-rueda y dispuestos a cambios que, a la vista de lo actual, podrían definirse como revolucionarios.

Pero daría igual si fuese una sola persona la que se plantara frente al Leviatán para hacerle saber que su gobierno, su legislatura y sus jueces no la representan, que no los votó y que no les reconoce autoridad alguna sobre sí, moral ni electiva. Que no está de acuerdo en financiar a Madres comunistas amigas de lo ajeno, dádivas y fútbol a parásitos sociales o educación basura que siga inculcando polvorientos antivalores, cien veces fracasados.
Una sola mujer u hombre valiente, de pie y con voz tonante para hacerle saber al Estado que sólo accede a entregar sus tributos, propios de esclavo, para evitar las represalias que funcionarios opresores harían caer sobre él y su familia. Que no desea ser cómplice de las improvisaciones de un dirigismo resentido promoviendo más desocupación, miseria y delincuencia. Que tampoco quiere ser partícipe de posiciones diplomáticas tan estúpidas como mendaces ni apañar a sindicatos minados de mafiosos.
Y que se siente parte de una vasta resistencia silenciosa que abomina de la marea de corrupción que nos cubre y del populismo talibán que avanza con los imberbes fisco-terroristas de La Cámpora y con forzadores profesionales de la talla de C. Zanini, H. Verbitsky, D. Conti, R. Feletti o C. Kunkel, entre tantos otros.

La única forma civilizada de superar el suicida afán por los bienes del prójimo promovido por el culto oficial del parasitismo y de la envidia que emponzoñan la sociedad, es tomar como norma en todos y cada uno de los casos de interacción social el áureo principio de lo voluntario primando sobre lo coactivo.
No es algo imposible: como dijo Henry Ford antes de inventar el automóvil para todos, “imposible significa que aún no has encontrado la forma adecuada de hacerlo” agregando a continuación que “si a principios del siglo XX le hubiésemos preguntado a la gente qué cosa necesitaba, sólo hubieran respondido: un caballo mejor”.
Hoy responderían “una democracia política mejor”.

Es bien sabido desde la época de los reyes absolutos que los tributos son simples exacciones coactivas, no consentidas. Es decir, liso y llano robo por parte de la corona. Y que la única diferencia entre un ladrón y un recaudador de impuestos es que el segundo opera con una maquinaria monopólica de fuerza armada apoyándolo.
También es bien sabido que los actuales regímenes democráticos legitiman la continuidad de estas exacciones en el aval de una mayoría relativa de legisladores, avalados a su vez por el voto de una mayoría relativa del pueblo. Pueblo que quedaría obligado a pagar el “contrato” tributario así suscripto.

Aunque cualquier chico de 7 años sabe, a su vez, que esos mismos mandantes (el pueblo) desautorizarían en los hechos, en el acto y en bloque a sus mandatarios (los legisladores), si se diera el caso en que el gobierno decidiera dejar de apoyar la pistola en la espalda de los ciudadanos para efectivizar dicho cobro (despenalizando el “delito” de evasión impositiva, por ejemplo). Muy pocos pagarían, avalando los gastos de sus funcionarios.
La inmensa mayoría optaría por no hacerlo, sin importar sus consecuencias. Y estarían en absoluta y justa razón, en provocar que se vayan todos. En constatar (esta vez en verdadera libertad) aquello de vox populi vox dei.

El ruido de rotas cadenas, sin embargo, deberá esperar a que principie el fin de nuestra era del simio.

Sobrevivimos en un sistema podrido desde su misma base ya que es esta financiación tributaria -ilegítima por coercitiva- la que provee al gobernante de turno de fondos virtualmente ilimitados, con los que comprar votaciones populares, legisladores, pan, circo y jueces, trocando en inútil floreo dialéctico al delicado mecanismo teórico de los contrapesos republicanos.

Fondos que solventan un aquelarre de marionetas y fantoches, danzando al compás de las carcajadas de gobernantes amorales que tironean de los hilos mientras se hacen millonarios. Dando acabada forma a esta Argentina 2011 en la que, al decir de otro pensador, el español Francisco de Quevedo (1580-1645): “donde no hay justicia es peligroso tener razón ya que los imbéciles son mayoría”.

Desde luego y siendo que aún no fue derogado el precepto moral que enseña que el fin no justifica los medios, no existe argumentación alguna que pueda legitimar esta violencia pseudo legal sobre gente pacífica y honesta, imponiéndoles solidaridades forzadas como solución a las situaciones de miseria creadas y nutridas por las imbecilidades económicas (y éticas) aplicadas por los propios violentadores.

En verdad pagar impuestos es, en nuestro sistema, contribuir al fortalecimiento de la mafia estatal avalando el forzamiento sistemático como norma de organización social.
Arriando el ideal de una república de personas libres y protegidas, en capacidad de decidir su destino y el de sus hijos. Pero sin abandonar nuestro deber cívico de reflexión sin tabúes y de docencia socio-familiar en los valores de la no violencia que, donde fueron (en alguna medida) aplicados, siempre demostraron su fantástico poder benéfico a todo nivel.