Hay Plata para Todo

Mayo 2011

Existe en toda sociedad la percepción cierta y generalizada de que “hacer lo correcto”, ser -a conciencia- intelectualmente honesto, laborioso, justo, benevolente y educado constituye una inversión (en esfuerzo de vida) que, tarde o temprano, rinde los mejores dividendos. O debería rendirlos, como veremos.
No sólo porque las religiones así lo aconsejen en referencia a nuestra vida en el más allá sino porque el propio sentido común nos compele a pensar que valores como el estudio, la honradez y la tenacidad en el trabajo, en un entorno “normal”, conducen tanto a la realización personal como a la prosperidad material en este mundo.

En verdad creemos que “el crimen no debería pagar” en ningún sentido y que un sistema de justicia perfecta debería premiar siempre, con resultados, a los muchos hombres y mujeres que hacen lo correcto.
Y aunque la realidad nos contraría con ejemplos de gente intelectualmente deshonesta, atropelladora y parásita (de quienes trabajan duro) que hace fortuna en pocos años, es por esa misma creencia que pocos los proponen de ejemplo para sus hijos.

Pues bien; resulta que la religión y el sentido común, en una comprensión ampliada del problema, no se equivocan. Las tendencias naturales y éticas se complementan para bien porque nuestro mundo está -realmente- bien diseñado; por Dios o por un orden natural evolutivo, como se prefiera.
Así como en la naturaleza (o en manejo igualado de condiciones) las plantas nobles suelen prevalecer sobre las malezas, el hacer lo correcto (sin distorsión estatal de por medio) llevaría naturalmente a la prosperidad del mayor número. El respeto por lo ajeno y la educación rendirían elevados dividendos. La honestidad y la generosidad voluntaria serían fuente virtuosa de bienestar. Y la justicia perfeccionada promovería riqueza, al tiempo que castigaría al distorsionador (o violentador) y al falso.

En verdad hay dinero para todo, en cantidades literalmente asombrosas. Para salud pública y educación de primera. Para ciudades limpias y amigables, con seguridad de altísima tecnología. Para miles de kilómetros de autopistas, puertos, terminales aéreas, subterráneos y trenes ultra modernos. Para un sistema de justicia rápido, eficiente, que no cargue ningún costo a la víctima y sí todo al victimario, en prisiones de avanzada pensadas para el trabajo resarcitorio. Para sostener con verdadera dignidad a todos los que estén en real situación de penuria. Para invertir grandes sumas simultáneamente en cientos de miles de proyectos, líneas de investigación y desarrollos, mucho más allá de la capacidad de imaginar, permitir o prohibir de un legislador, de un juez o de un ministro dirigistas. Dinero volcado a pleno empleo y buenos sueldos. Y para todos los ítems de confort, consumo y solidaridad que nos propongamos alcanzar.

Hay mucho dinero, afuera y aquí mismo, listo para aterrizar y hacer a los argentinos la vida más agradable. Pero no puede obtenerse a patadas (disimuladas con mejor o peor educación) como pretende la centroizquierda criolla sino a través de un círculo de virtudes como las mencionadas más arriba, guiadas por los más avanzados conceptos socio económicos de libertad y no violencia.

La percepción general de lo que debería ser chocó hasta ahora contra la realidad de las mafias dominantes y contra la evidencia de una ciencia económica anquilosada, cuyo “reloj biológico” atrasa 50 años.
Pero los paradigmas evolucionan y las cosas cambian: porque a lo largo de la primera década de este siglo XXI la economía dio un importante salto evolutivo sobre la experiencia acumulada.
La vanguardia científica de la Escuela Austríaca, responsable de los “milagros” económicos alemán, italiano y japonés de posguerra y a la que adscriben numerosos premios nobeles, sostiene ya que la nueva concepción dinámica del orden espontáneo impulsada por la función empresarial globalizada concluyen dando por tierra con todas las viejas teorías justificativas de la propia existencia del Estado, como soporte social. Que el estatismo es teóricamente inviable, que su destino no es otro que un nuevo colapso empobrecedor (como empieza a verse incluso en Estados Unidos, Japón y Europa) y que, en definitiva y a esta altura de la evolución tecno-informática, la exclusividad del poder es totalmente innecesaria.
Nos aguarda un gran futuro de innovación, creatividad, alta competencia, producción sustentable y bajos precios. Días por venir de abundancia material y oportunidades reales para todo el que quiera progresar por derecha, con millones de nuevos empleos en áreas hoy inexistentes y miles de nuevas empresas proveyendo en libertad, con menos parásitos corruptos, lo que el estatismo hoy sofoca con sus pesados monopolios coactivos.

Es hora de hacer historia, sin importar el tiempo que tome. De promover una revolución de verdad, con ideales virtuosos y evolucionados. Poderosos. Tiempo de vender el mejor producto y de levantar la voz, subvirtiendo con dureza los “valores del robo y del atraso” (quito, me quedo, reparto y controlo).
Los dos tercios de nuestro electorado que se asumen estatistas sólo deben comprender que la resistencia libertaria es su amiga, que todo lo que desea es que dejen de combatirla con eslóganes desactualizados y que por propia y pura conveniencia presten su acuerdo en integrarse al mundo posible de este siglo.
Comprender que los resultados y el dinero más democráticamente repartidos son los que provienen de la diversidad y no de la homogeneidad forzada del conglomerado social. A través de los más audaces incentivos económicos para todos, potenciando sin trabas la mayor disparidad de acciones y pensamientos a todo nivel. Así enseña la nueva economía inteligente, trabajando a favor y no en contra de la naturaleza humana, que es como las sociedades se liberan y enriquecen y como las virtudes florecen.

Porque el enemigo nunca son los empresarios que arriesgan y crean sino los políticos mafiosos que no sólo no producen nada sino que siembran la ignorancia deliberada y su consecuencia: el temor a la libertad.