Dulce Democracia

Marzo 2011

El Sr. Pérez tiene una casa propia, donde habita con su esposa y cuatro hijos solteros de entre 17 y 23 años. También su madre forma parte del grupo ya que está a su cargo y vive con ellos.
Supongamos que la familia Pérez quiere iniciar una obra de ampliación en su casa. Su idea es un garaje de planta baja con vivienda incorporada en el primer piso.

Podrían entonces contratar a un constructor matriculado para que haga el cálculo de materiales, de estructura, de sistemas eléctricos o sanitarios y para que dirija las tareas propias de la obra.
O… podrían votar en familia, abuela incluida, decidiendo por simple mayoría cuál de sus 7 miembros se hará cargo del diseño, los cálculos estructurales y la dirección del proyecto.

De tomar esta última opción, lo más probable es que la construcción termine en desastre o al menos que adolezca de graves y peligrosas fallas.
Resulta evidente que no es esta una opción viable: nadie en su sano juicio dejaría algo tan importante en manos improvisadas, ni siquiera con la mejor buena voluntad de por medio.

Este ejemplo insensato es aplicable a la democracia política tal como la conocemos. Que no es otra cosa que adoptar por simple mayoría, “en dulce montón” y sin puerta de escape esta misma opción inviable, en lo que se refiere a la construcción del bienestar social.
Porque ¿qué pueden decidir -para todos- una “política” o un “político” frente a la inmensa complejidad de los deseos, opciones y problemas cruzados de millones de personas como las que interactúan sin pausa en cualquier sociedad, con diferentes ideas (todas respetables… ¿o no?) sobre lo que a cada uno conviene? ¿Qué puede saber -en nombre de todos- un ministro, un secretario de gobierno, un legislador, un “asesor” (o cientos, incluso miles de ellos) acerca de los millones de sueños, proyectos e intercambios personales diarios, superpuestos, cambiantes e inter-relacionados y con feed back creativo que se suscitan entre familias y amigos, entre la gente de trabajo, entre grupos, ONG’s y empresas o entre las propias sociedades? ¡Siempre estuvieron superados! ¡La utopía es pretender manejar a todos, interfiriéndolo todo contra natura!

Hablar de gobiernos hoy en día, es hablar el lenguaje del pasado. Como con las antiguas monarquías, se trata de castas ensorbecidas con privilegios robados al esfuerzo ajeno que no estuvieron ni están capacitadas para comprender, menos para dirigir y mucho menos para beneficiar sin exclusiones al conjunto.

Los funcionarios y legisladores designados por algunos para “solucionarnos la vida” a todos, solo tienen capacidad y poder para poner camisas de fuerza a los conocimientos e iniciativas, evitando que se generen más conocimientos e iniciativas por fuera de lo establecido por ellos mismos. Visión estrecha que se traduce en estancamiento y recorte de ingresos a gran escala, de factura garantida.
En nuestro país, esta clase de idioteces frenantes de grueso calibre pueden verse con especial nitidez y frecuencia.

La pobreza que experimenta gran parte de la humanidad se debe a esta falta de sentido común, que subterráneamente y gracias a tecnologías como Internet y a sus redes horizontales en crecimiento, se encuentra en retroceso. Los enlaces cibernéticos salvan hoy los obstáculos geográficos haciendo de fronteras y otras discriminaciones, especies en peligro de extinción.
Puede que el siglo XXI sea finalmente el de la desaparición del Estado: ese “mafioso simpático”, celoso patrón de territorios demarcados al que la gente le dará progresivamente la espalda, a medida que se percaten de que no lo necesitan. Nutriendo la tendencia naturista a considerar un “cerdo autoritario” a todo aquel que sostenga que el poder político es necesario y que confiere privilegios.

Naturalmente, esta costumbre de atarnos con correajes y cadenas que nos impiden crecer creó una corte de pseudo-empresarios genuflexos, de vagos excluidos (aterrados y violentos), de sindicalistas atropelladores y de funcionarios incombustibles, vitalicios todos en el absurdo privilegio de disponer a su antojo de bienes que no les pertenecen. Corte corrupta, como toda corte mafiosa, que lucra con la sangre de los necesitados y en favor de la propia supervivencia del sistema.

La soberbia nos gobierna pero lo cierto es que nadie puede manejarlo todo en dirección a maximizar riqueza, bienestar y aceptación generales. Ni siquiera podría hacerlo un grupo ilustrado, ni aún tratándose de uno muy grande y cargado de títulos. Mucho menos algún autócrata cretino que se crea con derecho a imponer sus normas económicas a minorías pacíficas que no las comparten.
Manejar de forma inteligente el muy complejo mercado de la interacción humana no es tarea de algunos ni de un lote de gobiernos pedantes sino de la humanidad entera.

Volviendo al Sr. Pérez, tal sería el caso de tomar la primera opción: la de contratar al especialista.
Y en los asuntos de todos, el especialista somos todos. Cada cual en su propio campo de excelencia, en competencia por brindar el mejor servicio (el que sea, sin tabúes decimonónicos) al menor costo. Y sin los monopolios de la mafia estatal interfiriendo, desde luego. ¿Existe una más perfecta forma de democracia? Es la democracia del mercado, donde el consumidor (de cualquier cosa, desde pan a educación pasando por asistencia social) es el soberano, votando a diario con su ayuda voluntaria, con su compra o con su abstención, bajando o subiendo el pulgar a los prestadores del servicio que necesite, tantas veces como quiera.

O como enseña, entre otros, el pensador español Enrique Fonseca: “La evolución lógica del capitalismo global es la muerte del Estado y el nacimiento de empresas privadas que le sustituyen. Estados privados si lo prefieres llamar así. Justicia, moneda, seguridad y defensa privada. Y todo mientras sigues tomando tu coca-cola en el bar de la esquina. Todos vivís en el mismo bloque de edificios, y tomáis café juntos. Pero de la misma forma que tenéis contratadas distintas compañías de telefonía móvil, usáis distintos servicios de justicia. Me diréis ¿qué pasa cuando haya un conflicto entre dos personas pertenecientes a distintos estados-empresa? Pues lo mismo que pasa actualmente cuando un francés tiene problemas con un español. Los gobiernos llegan a un acuerdo. En este caso, al ser empresas privadas, saben que cuanto mejores tratos firmen, mejor se situarán frente a la competencia y mayores beneficios lograrán. De lo contrario, la posibilidad de sus clientes de pasarse a cualquier otra empresa es tan fácil como la que tienes actualmente para cambiarte de Movistar a Claro. Estados compitiendo entre ellos para darte un mejor servicio a menor precio. ¿Existe mejor política de recorte de impuestos?”