Ceguera Psicológica

Marzo 2011

El problema no está en la naturaleza de los sucesos sino en la forma en que los percibimos, configurando muchas veces una verdadera ceguera psicológica.

Vemos los resultados visibles pero no las consecuencias menos obvias de cada decisión de gobierno, las que de manera invariable resultan mucho más significativas.
Por caso, puede considerarse la forma como la Presidente gira cuantiosos fondos a municipios adictos para obras de pavimentación y embellecimiento urbano o con destino a sostener gremialistas aeronáuticos, paliando el déficit de Aerolíneas o bien al fútbol televisado gratuito. ¿Lo hace con dinero propio, con donaciones de la multitud de políticos enriquecidos o de los afiliados de su partido? No. Emplea para ello dinero público.

Dinero detraído entonces de otro lugar menos mediatizado, como podría ser la investigación sobre cáncer, diabetes, transplantes, cardiopatías y sida con fondos privados.
Pocos son los que se fijan en la calidad de vida de estos pacientes; la televisión casi no los muestra y además ellos no votan: para la próxima elección, incluso es probable que hayan muerto. Cada día mueren cientos pero aún así el dinero se toma de ellos, quizá indirecta o tal vez directamente, perpetrando una agresión “involuntaria” pero letal, que queda en silencio.

Con seguridad, un ordenamiento amigable a la democracia de mercado redireccionaría esos fondos dando prioridad a prevenir enfermedades y muerte, asuntos con evidente relevancia en la valoración pública, soberanía del voto consumidor mediante. Resultados complejos, creativos e interactivos que se dan por combinación de millones de micro opciones (cooperación espontánea de mutuo beneficio en red tridimensional) fruto de la libertad, que al planificador central por fuerza se le escapan.

En el mejor de los casos podemos ver lo que hace hoy la Presidente e incluso llegar a aplaudirla pero no vemos su alternativa: los políticos son expertos en publicitar lo que hacen sin mostrar lo que dejan de hacer.
Existe un pavoroso cementerio oculto de consecuencias invisibles -en todo gobierno censor de la libre iniciativa- cuyo costo nunca recae sobre quien decide desde un escritorio el destino de dineros ajenos. Haciendo que no funcione en la democracia política la lógica del aprendizaje en carne propia.
Las consecuencias positivas benefician a su autor mientras que las negativas, invisibles, son soportadas por todos los demás con un coste neto de pérdida para el conjunto social. El lucro cesante del país, claro, queda enterrado: no se mide ni se siente.

Ni qué decir si trasladamos este razonamiento a todo el ámbito de la tributación, destinada a un sinnúmero de fines discrecionales. Incluso la pensión mensual de quienes nunca aportaron o la Asignación por Hijo, por poner ejemplos de extrema sensibilidad, siguen restando con fuerza al capital de reinversión que hubiera generado la buena educación y/o el buen empleo que el padre y el abuelo de ese hijo necesitaban, para proveer adecuadamente a su familia sin necesidad de degradantes limosnas clientelizadas. ¿Hace falta decir que más de lo mismo que se probó durante tantos años no es la solución?

Pero el fondo oscuro de esta democracia política de suma negativa es mucho peor. Ya no es teoría ni especulación malintencionada. Ya no es parte del malvado discurso librecambista, bloqueador de soluciones solidarias al desastre social. Esta vez la impugnación ética y práctica proviene de hechos comprobados, modalidades y resultados fríamente expuestos tras estos dos nuevos períodos de gobiernos progresistas, del campo nacional y popular.

Porque si algo queda en claro después de otros 8 años de peronismo, es la maestría que el sistema populista en su conjunto ha adquirido en el sofisticado arte de abusar en beneficio propio de los mecanismos formales de la democracia vaciándolos por completo del espíritu republicano, viejo y sabio suavizador de sus aristas más violentas.
Nuestros reyes del subsidio llegaron a la mayoría de edad. La “ocupación veintenal” del sillón de Rivadavia sentó jurisprudencia: ya “es Ley” -aceptada hasta por la Corte- la costumbre de caminar, de aquí en más, por el sendero que discurre entre los límites interiores de la regla escrita civilizada y los bordes exteriores del hampa. Al menos mientras discurren cómo redactar, tal vez con ayuda de "La Cámpora", otra Constitución más acorde a este último parámetro.

Atrás quedaron estupideces como la independencia de los Poderes, la transparencia y austeridad en los actos de gobierno, la estricta honradez (aún a costa del propio patrimonio) implícita en la vocación del servicio público, la letra y el espíritu del único pacto social que nos une (la Constitución de 1853) o la simple educación en el trato y en el gesto, de quienes hablan al mundo representándonos.
Atrás quedaron utopías irreales, propias de locos y fanáticos como pensar en la próxima generación o siquiera más allá de la próxima elección, promoviendo la apertura de puertas y ventanas a las tecnologías, ideologías, y conocimientos de punta, a la innovación creativa, la eficiencia dinámica en producción e intercambio, la empresarialidad competitiva o la libre inversión a gran escala, con sus efectos en creación de nuevos emprendimientos, bienestar y más dinero limpio -también a gran escala- en manos de más gente.
Todas esas idioteces e inocentadas quedaron muy atrás, superadas por el lucrativo clientelismo nac&pop que inmoviliza la pobreza atornillando las caretas institucionales en su lugar, mientras compra conciencias con dinero sucio (es decir, sustraído con emisión inflacionaria y deuda financiera o robado a través de coacción impositiva, previa amenaza de cárcel).

Más aún. ¿Existe en todo esto diferencia real, de fondo, entre el oficialismo y la oposición con representación parlamentaria? ¿Es válido, en definitiva, acordar libertad a los enemigos de la libertad, de la riqueza argentina en grande y por derecha? La respuesta está dada por los propios hechos, como sugeríamos más arriba. Hechos de décadas, no de años.
Bienvenidos entonces al apriete que supimos conseguir. Porque ahora si; la dependencia permanente está instalada y con esta mafia se come, se cura y se educa.

Aunque la inmensa mayoría aún no se dio cuenta debido a la gradualidad del proceso, seguimos pagando tributo y recibiendo órdenes de gente que perdió la justificación moral, ética e incluso legal que, hasta cierto punto y bajo estrictas condiciones, la habilitaba.
El sistema sigue en marcha por inercia apoyado en su telaraña de prohibiciones y amenazas, dentro de un entorno vil donde casi todos están demasiado ocupados en sólo sobrevivir, pero al igual que en aquel cuento infantil, el emperador está desnudo y ya hay “chicos” que lo señalan.

Por cerrada que sea nuestra ceguera psicológica, no puede ocultarse que el contrato argentino está roto. El pacto de unión nacional bajo el sistema republicano, representativo y federal está muerto -y momificado- dentro de esa cáscara casi hueca, a la que damos el nombre de democracia.

Para reconstruirlo bajo normas que procuren excluir las facilidades mafiosas que lo destruyeron, bastaría reorientar nuestras opiniones -y votos- con ese norte: prohijando el voto diario y específico (no cada 4 años y genérico) de cada habitante del país, como la mejor manera de evolucionar profundizando la democracia. ¿De qué manera práctica? Apoyando a los candidatos que nos propongan un mercado y una sociedad lo más libre posible de violencia fiscal-reglamentaria, donde cada uno premie (haciendo crecer) o castigue (haciendo fundir) con su venia o no, al que nos ofrezca la mejor opción de lo que sea, desde pan a educación pasando por empleos. Corruptos y monopolios, fuera.