Buenas Personas

Octubre 2010

Muchos son en nuestro país quienes se consideran a sí mismos buenas personas, expresando el honesto deseo de que la parte más postergada de la población tenga chances reales de acceso a educación de calidad, buenos trabajos y verdadero bienestar.
Gente que procura ser, en el día a día, inclusiva y solidaria con los que menos tienen: una forma de proactividad que termina derivando (lamentablemente) en el voto por candidatos que, desde el Estado, se encarguen del asunto… y de preferencia con dinero ganado por otros.

Buenas personas que han expresado por décadas su apoyo a todas las variantes del peronismo que nos gobierna o a todas las combinaciones de radicales y socialistas intentadas desde 1916 a la fecha. Del mismo modo a una multitud de partidos zonales y provinciales, especialistas en promover repartos clientelistas (comisión mediante) sobre producciones declinantes, en lugar de privilegiar la creación de nuevas oportunidades laborales en un enérgico entorno pro-empresa.

Pero todo se paga y nada hay de gratuito en cargar sobre el sistema impositivo un espíritu generoso que debería asumirse como responsabilidad propia.

Como el Estado es la ficción donde todo el mundo trata de vivir a expensas de todos los demás (en especial las empresas y actividades subsidiadas), los monopolios estatales crecidos al amparo de estos sufragios, siempre terminan explotando, en primer lugar, a aquellos postergados que esas buenas personas pretendían beneficiar. Aunque legisladores, jueces y funcionarios ataquen “solo” a aquellos contribuyentes que aparenten mayor poder adquisitivo y/o productivo. Aunque legisladores, jueces y funcionarios promocionen “solo” a los más empobrecidos y/o débiles de la escala. O precisamente por ello.

Nuestra gran nación ya está de rodillas frente a otras, con la cabeza cubierta de hematomas por los “palos” que las buenas personas nos (auto) propinan con ese bate de béisbol llamado voto. ¿Quiénes son los malos de la película? ¿Los partidarios del libre mercado, del avance tecnológico, de la propiedad segura y de las inversiones de capital? ¿O acaso los soñadores de ese paraíso de igualdad, hermandad, contención estatal y bienestar para todos?

El paraíso de la izquierda, del socialismo, del progresismo, del Estado grande y protector desde la cuna hasta la tumba no existió más que en los sueños de personas que acabaron apoyando a criminales aprovechadores, que los engatusaron arreándolas en dirección al voto delincuente. Un voto generador de todo aquello que se quería (¿se quería?) evitar. Un voto-freno a la creación de nuevas empresas, riqueza social, negocios limpios y oportunidades de elevación para los que menos tienen.

¿Acaso el progresismo funciona en alguna parte? El idolatrado “modelo sueco” quebró como el mejor, a pesar de la disciplina y civilidad nórdicas. Hoy Suecia retrocede sobre sus errores, con gobiernos que procuran girar 180° hacia la libertad para revertir estancamiento y desmotivación.
La sociedad que más crece es la china, a tasas que cuadruplican las norteamericanas y europeas. Mientras los chinos comprueban que a más dosis de “capitalismo salvaje” se corresponden tasas más “salvajes” de crecimiento y bienestar, los Estados Unidos de Bush-Obama, alejándose cada vez más de los preceptos de sus Padres Fundadores, comprueban que a mayor dosis de Estado omnipresente, se corresponden tasas más declinantes.

Ver en directo cómo el virus socialista infecta y detiene progresivamente a la superpotencia, debería movernos a reflexión.

La Argentina también se aleja cada día más de los preceptos de los artífices de nuestra época más gloriosa: Alberdi, Sarmiento, Roca, Sáenz Peña. Cuando la potencia del capitalismo liberal nos impulsaba con fuerza hacia la cima.
Hoy sabemos que no hay magia ni ensueños envidiosos que valgan: sólo sirven la libertad e iniciativa privadas sin cortapisas. Y que a más potencia creadora con beneficio individual, se corresponde un más veloz progreso para los menos dotados, para los empobrecidos por el estatismo, para los que trabajaron duro pero fracasaron en elevar a sus familias, bajo el peso de parásitos ladrones del esfuerzo ajeno.

Según el sociólogo Arthur O. Frasier “los impuestos transforman al ciudadano en súbdito, a la persona libre en esclava y al Estado (nuestro supuesto servidor) en dueño de nuestras vidas y bienes. Cuanto mayores son los impuestos y más insidiosa la acción recaudatoria, más súbditos y más esclavos somos del Estado”. Son pensamientos que calzan como un guante en nuestra realidad cotidiana, y en las propuestas de casi todo el arco político “opositor”.

No existe otro camino ni atajo alternativo. Debemos gritarlo con voz estentórea: el poder del Estado es básicamente recaudador y predatorio. Nada crea, facilita ni acelera, como no sea la decadencia, en la misma proporción con la que aplasta la libertad de educarse, elegir, trabajar, ganar y disponer de lo propio.
Hoy estamos entrampados en una fenomenal transferencia coactiva de recursos desde los sectores eficientes, que engrosa las carteras de empresarios ineptos y políticos irresponsables. Una trampa minada de pseudo derechos que se otorgan a expensas de derechos de terceros y que hace de nuestra sociedad una fantástica fábrica de pobres. Los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial fabrican pobres a mayor velocidad de la que el sector productivo eficiente es capaz de neutralizarlo. Si tan sólo dejaran de crear pobreza con su habitual metralla de estupideces, las tres cuartas partes del problema estarían superadas.

Millones de buenas personas causaron, con sus votos favorables a oficialismos y oposiciones miméticas, un holocausto de miseria, sufrimientos, muertes evitables y humillación nacional.
No fueron buena gente. Son los villanos de nuestra película y los cómplices de la más letal y sanguinaria podredumbre: aquella que enriquece a delincuentes y mafiosos; aquella que le hace el juego a incapaces e ignorantes que avanzan, soberbios, tomando ruinosas decisiones coactivas; pisando sobre las cabezas de chicos desnutridos y madres indigentes.