Envidia y Pobreza

Abril 2010

Se trata, qué duda cabe, de dos palabras que han caminado de la mano a lo largo de la historia. Dando fe de la antigua sabiduría religiosa que sindica a la envidia entre los siete Pecados Capitales, esperable fuente de perdición y desgracias.
Confirmando los más actuales análisis socio-económicos que vinculan la disminución de la pobreza al nivel de seguridad jurídica que proteja el derecho de propiedad sobre patrimonios y ganancias, como condición previa a la aparición de inversiones en gran escala.

La envidia y su primo hermano el resentimiento, se encuentran en el núcleo duro de la desgracia nacional. Constituyen, desde luego, el cimiento fundante que sustenta la versión justicialista K (al igual que todas las de su signo, basada en la confiscación de renta y capital ajeno), aunque su efecto tóxico pueda rastrearse mucho más atrás. Ambas iniquidades tuvieron participación estelar ya en el quiebre del dominio conservador a partir de 1916, cuando bajo el ingenuo paraguas principista de don Hipólito Irigoyen prosperó la novedad del “Estado subsidiador de vivos y ahuyentador de eficientes”, de una serie de jóvenes radicales y veteranos socialistas. Todos largamente abrevados en la penosa, oscura fuente del resentimiento personal.

El rencor hacia la élite que no había permitido elecciones irrestrictas y la envidia de comprobar que algunos se enriquecían más rápido que otros, prevalecieron. Triunfó en toda la línea el avance de un torniquete impositivo-reglamentario que consiguió en poco tiempo… que no se enriqueciera nadie, excepto los políticos corruptos y sus digitados. Porque la única movilidad social que generan pulsiones tan despreciables es la movilidad social descendente. Con estúpido regocijo de las mayorías se colgaron de la palanca, aplicando los frenos a esa locomotora lanzada que era nuestro país.
Recordémoslo una vez más: la Argentina venía hasta entonces creciendo a gran ritmo en su industrialización y exportaciones, en la educación e inclusión social de carenciados e inmigrantes, en su prestigio científico, cultural y en multitud de rubros perfilándose (desde la nada) en potencia de peso mundial. No fue suficiente. Primó una impaciencia irresponsable; casi adolescente.

Resulta obvio, por otra parte, que la convicción general de que la pobreza es moralmente inaceptable en un país rico, tuvo que esperar a la aparición de ese país rico, circunstancia que nunca se hubiese producido bajo un dominio dirigista y corporativo, como el que siguió al liberalismo conservador del Centenario. De hecho y al correr del siglo de predominio populista, Argentina dejó de ser un país rico. La política del perro del hortelano llegó -a partir de allí- para quedarse y nuestro país ingresó en la espiral de pobreza, pequeñez de miras y decadencia que sigue asombrando al orbe.

Lo que todavía no se entiende bien es que tampoco sirve disimular hoy resentimientos y envidias, bajo el disfraz del apoyo a los mismos partidos “socialmente sensibles” que nos condujeron al desastre. No sirve porque cada día son más visibles las motivaciones parasitarias de ese apoyo.
La tradición, las simpatías, el sustrato ideológico-económico de movimientos como el radicalismo, el socialismo, de todos los peronismos, del “partido militar” o de nuevas agrupaciones como la de F. Solanas e incluso E. Carrió, provienen de una misma matriz. De un mismo caldo conceptual primigenio entrampado en una melaza de creencias perimidas. Que no asimilan ni aceptan que la dictadura de los simios coactivos trepados a los monopolios del Estado va quedando atrás; que las tecnologías y conocimientos que acompañan al nuevo milenio ponen en ventaja a aquellas sociedades que comprenden que la libertad y no el gobierno, es la verdadera amiga de los desfavorecidos.

Dirigentes desactualizados a quienes resulta insoportable aceptar que no sirven los impuestos elevados. Que no sirve subsidiar a unos a costa de la productividad de otros. Que no sirve cargar de reglamentos y prohibiciones a quienes deben crear, invertir y fabricar en competencia con el mundo. Que la anquilosada “estatutocracia” laboral argentina no sirve para lograr más empleos de calidad. Que el intervencionismo en general no sirve al objetivo de generar riquezas ni de distribuirlas, sin pisotear el art. 17 de la Constitución (*). Y que desapareciendo los privilegios legales motorizados en última instancia por la envidia, la única manera de hacer dinero será enriqueciendo a los demás a través de la producción y el más amplio libre comercio, en honesta competencia.

No debemos perder de vista que, al decir del estudioso ibérico Xavier Sala-I-Martín “el espíritu mercantil y el afán de lucro han hecho más bien para muchísima más gente pobre que toda la ayuda humanitaria y todos los créditos blandos concedidos por todos los gobiernos y todas las ONG del mundo juntas”.

A los progresistas no les importa la pobreza, con tal que los ricos no se hagan más ricos. No así a las buenas personas sensatas a las que no les importa la desigualdad porque no son envidiosas: les importa la pobreza. Ellas saben que el objetivo de achicar las diferencias de fortunas y el objetivo de reducir el número de los postergados son mutuamente excluyentes. Y que la comunidad entera se beneficia cuando algunos se enriquecen más.

En síntesis: el pecado de la envidia trae implícito, también en política y para horror de los sociólogos de izquierda, su propio castigo como generador de indignidades y pobreza.
Toca a cada argentino decidir en el silencio de su conciencia, cómo traducir esto en acciones, votos, no-votos u opiniones expresadas que sirvan a una Argentina más inclusiva, con muchísimos más propietarios y cantidad de grandes fortunas.



(*) “La propiedad es inviolable y la confiscación de bienes queda
borrada para siempre del Código Penal Argentino”