Cooperación

Marzo 2010

Es un hecho que sólo los delincuentes y los gobiernos dependen de la fuerza o de la amenaza de su uso para el logro de sus fines, mientras que todas las demás personas dependemos exclusivamente de la cooperación voluntaria para obtener los nuestros. No por casualidad las palabras “delincuente” y “gobierno” son términos que nuestra historia va empujando a confluir, en el punto de la sinonimia.

Como sabemos, la cooperación entre individuos o empresas es por lo común ágil, fluida, imaginativa, económica, personal y libre…mientras que lo estatal es lento, burocrático, regimentado, costoso, genérico y obligatorio. Tanto así como comparar una computadora solar móvil de pantalla táctil, del grosor de una tarjeta y 150 gramos… con una vieja caja registradora mecánica en bronce lustrado de 30 kgs. de peso.
Una empresa que se manejara hoy día con aquellas cajas registradoras, colapsaría en el mismo caos de ineficiencias y crispaciones en el que está colapsando nuestro ordenamiento social.
Lo moderno y fácil, lo natural y previsible es la tendencia a la resolución personalizada de necesidades considerando los intereses de todos y cada uno de los involucrados, mediante el uso intensivo de tecnología informática, en especializaciones profesionales cada vez más avanzadas. Alejándonos de los sistemas paquidérmicos y sus “soluciones” masificantes.

El Estado y todos sus maravillosos “servicios” existen y funcionan merced al exclusivo expediente de restar energía (fondos invertibles) a la red de cooperación voluntaria de negocios, servicios e intereses personales de la gente. La parasitan; la entorpecen justificando su control, eventualmente la detienen y hasta la aniquilan. Para que el gobierno subsidie, con más fondos restados a la reinversión (más impuestos), a algunos de esos sectores previamente asfixiados.

La verdad es que todo lo coactivo, todo lo que para funcionar necesite de encañonamiento por la espalda siempre será menos útil y práctico que su variante voluntaria. Porque debemos saber que siempre y para cada caso y problema hay una variante cooperativa, opcional a la variante forzada. Con la ventaja de que esa opción no-violenta con acuerdo de las partes es, en todas las instancias, moral y éticamente superior.

No obstante y por razones ideológicas, jamás nuestro populismo de 80 años permitiría el desarrollo a gran escala de variantes privadas de libre elección alternativas al poder del Estado en temas centrales como, por ejemplo, justicia, educación o seguridad.
Nuestra Argentina actual es una demostración “de manual” de objetivos conseguidos parcialmente y a palos, que resultan de soluciones ineficientes, a través de un sistema que hace del forzamiento y la extorsión, un culto. Se extorsiona al votante, por caso, con el terrorífico despliegue de una pobreza que exige “urgente aporte estatal”, pero que es en realidad hija única y directa del estrangulamiento, también estatal, sobre la inversión empresaria.

Señores, señoras: lo colectivo es necesariamente represivo. Violento.

Pocos perciben que nuestra costosa burocracia es intermediación inútil. Que los servicios que presta el Estado pueden ser suplidos -gradualmente si se quiere- por prestadores profesionales en el marco de una cooperación voluntaria para contratos e intereses múltiples, dentro de un mercado desregulado. Y que los actuales trabajadores de esta burocracia coactiva serían los mismos que operarían el sistema de red de servicios privados, con trabajos mucho más estimulantes y mejor pagos.
Pocos perciben el pavoroso costo de los servicios estatales. Porque si sumáramos todos los impuestos (también los que están ocultos en el precio de cada cosa que tocamos, que bien pueden constituir la mitad de su valor) a la mensura económica de todos los entorpecimientos infligidos a los ciudadanos que “hacen” o a los que “hubieran querido hacer” cosas, arribaríamos a conclusiones que nos harían caer del asiento.
Nos cobran la mala seguridad, educación o justicia pública a precio de oro, para mantener al mismo tiempo un Estado intermediario voraz. Ese mismo dinero vuelto a manos de la gente sobraría para subcontratar en forma particular cualquier servicio que la vida civilizada demande.
Claro que los asalariados sufren hoy la falta de dinero en esta torpe economía de subsistencia, por simple ineptitud criminal de nuestros gobernantes pero si pusiéramos nuestra Constitución Nacional liberal en vigencia eso volvería a no ser así.

Recientes y muy serios cálculos hechos en India, nos demuestran qué tan costosa puede resultar la estupidez.
Este país de superficie similar a la Argentina, se obstinó como nosotros desde 1947 en políticas proteccionistas y subsidiadoras, enemigas de la libertad económica tanto como de la inversión extranjera y la competitividad.
Hacia 1990 viraron 180 grados tirando por la borda el socialismo que los frenaba, abriendo su economía y quitando al Estado del medio en lo posible, para globalizar sus producciones. Hoy, tras dos décadas de crecer a más del 7 % anual aumentando notablemente la riqueza de su población, la India se perfila como otra nueva superpotencia. Rango que no había alcanzado nunca en su milenaria historia.
No haber cambiado al liberalismo antes, le costó a esta nación la muerte por pobreza de más de 14 millones de chicos, el analfabetismo de 261 millones más y la condena a la indigencia para otras 109 millones de personas.

Y por casa ¿cómo andamos? Cada uno de nosotros tiene el deber de oponerse a la violencia en todas sus formas (incluido el terrorismo de Estado fiscal) en dirección a una sociedad cada día más pacífica, voluntaria, cooperativa por libre elección y no-violenta. No hay otro camino inteligente hacia una sociedad, finalmente más justa. Más rica. Más perfecta y respirable para nuestros hijos. ¡Meditemos con especial cuidado nuestras simpatías políticas!