Democracia y Cia. S.R.L.

Octubre 2009

La democracia republicana, representativa y federal argentina está muerta y enterrada. Fue reemplazada por extorsión mafiosa en estado puro, camuflada tras una bulliciosa pantalla de instituciones castradas. El resultado no es democrático ni constitucional, desde luego. Ni siquiera se ajusta al paraguas de la montaña sedimentaria de leyes-basura populistas que en sí, no son más que codificación de la injusticia.

La propia Constitución fue siempre una “molestia” para las volátiles mayorías argentinas y hubo de ser violada de un modo u otro por multitud de sicarios electos, liquidando libertades cívicas o económicas según el particular paladar de quien ejercía el poder. No sirvió en la práctica, al menos durante los últimos 79 años. Tampoco el bello sistema democrático allí propuesto, con sus delicados contrapesos republicanos.
Poco pudo hacer el Poder Judicial (el Tercer Poder que iba a controlar con incorruptible ejemplaridad a los otros dos), superado por incontables desbordes, infiltraciones, amenazas y ahogos financieros que acabaron sometiéndolo al Ejecutivo.

Aceptamos que ese texto constitucional representa el único pacto o “contrato social” básico que todos los argentinos acordaríamos “firmar” y respetar. Comprendemos que es el acuerdo que mantiene unida a la sociedad haciendo posible la existencia de la Argentina como nación sin secesiones. Y podemos también afirmar sin sombra de duda, que el pacto no se cumplió.

Vemos por otra parte, que el actual gobierno hace todo lo posible por confirmarnos que aquí no habrá república ni federalismo. Que seguirá derogando propiedad privada y derechos individuales con las armas discrecionales de la Afip-KGB-Gestapo-Oncca, del amedrentamiento con palos y capuchas, del control de la prensa, del pago en efectivo por la prostitución de legisladores “opositores” y del manejo clientelar de pobreza e ignorancia.

Vivimos algo así como un clímax -exaltado a toda orquesta- en la película de nuestra vida, donde la voladura final de las bases sobre las que asentábamos nuestra anuencia, nos releva de cualquier “promesa” anterior de respeto y obediencia hacia representaciones espurias; que no reconocemos como propias.

Llevándonos a preguntarnos en feroz seguidilla ¿pero…por qué trabajar para este ilícito 6 meses al año (es lo que nos cuesta a cada uno “la contribución”) y sólo 6 para el resto de nuestros sueños y necesidades familiares? ¿A santo de qué contrato se nos exige tirar nuestro tributo al pozo sin fondo de vagos, corruptos y ladrones? ¿Cuándo autorizamos a esta gente a violentar nuestras libertades, que son superiores y muy anteriores a ellos? ¿Qué poder creen por ventura que les cedimos para maniatar, amenazantes, nuestros movimientos comerciales o para embretarlos entre gigantescos monopolios estatales, fuentes de la peor corrupción? ¿Quiénes son estos padrinos para disponer con prepotencia de nuestros bienes, de nuestra capacidad de crecimiento y de nuestro esfuerzo a su infeliz criterio, mientras hunden a nuestra sociedad en la decadencia más humillante frente a países de menor potencial? ¿Por qué habríamos de sentirnos atados a los reglamentos y respetos de esta Democracia S.A. dominada por corporaciones prebendarias igualmente mafiosas, “legitimada” por electores corrompidos con nuestros impuestos? ¿Para esquivar el látigo del déspota y a los esbirros de su Estado policial? Muy probable. ¡El zorro está dentro del gallinero! ¿Hay vida más allá de esta brutal dictadura de mayorías? ¿En qué momento delegamos en estos taimados individuos, supuestos servidores abocados a la protección de nuestros derechos, el monopolio de la fuerza resignando el rol de ciudadanos mandantes, bien armados para la autodefensa? ¿Cómo es posible que nos expriman a impuestazos mientras choferes y secretarios, sindicalistas y otros amanuenses descarados se enriquecen a través de ventajas discrecionales hasta niveles de escándalo? ¿Somos tan idiotas como para conformarnos con un cambio de amo, a cual más extorsionador, cada cuatro años? Porque de eso se trata esa cáscara vacía que pomposamente denominamos democracia.

Es necesario caer en cuenta de que sin poner límites claros, estrictos e inviolables a quienes pretendan ostentar algún poder sobre nosotros, no podemos proceder a elección alguna. No haber tenido la inteligencia de preverlo, nos condujo a lo que vemos en esta explosión de podredumbres, donde un grupo de mafias conjuradas va perfeccionando el control de nuestro territorio.

Deberíamos recordar que la democracia no es un fin sino un medio entre muchos otros probados por el hombre, en busca del mejor sistema de organización social. En modo alguno es el final del camino en la búsqueda de este noble objetivo. A lo sumo podríamos considerarla como un paso intermedio, bastante primitivo por cierto, en la vía de experimentación, inteligencia social y avance tecnológico que nos llevará al siguiente estadío.

El fin es el bienestar de la gente, no el hacer funcionar a cualquier costo sistemas imperfectos y dañinos. Nunca está bien obcecarse empleando la fuerza bruta, y menos aún en el campo de la acción humana ya que, como lo entendieron los más evolucionados de la especie (de Einstein a Gandhi, de Confucio a Cristo) el único camino válido es el de la libertad y la no violencia.

Existe un solo sistema social compatible con estos elevados estándares y ese es el libertarianismo, donde las personas optan por los códigos de vida de su preferencia sin robar ni ser robados, asociándose a otras personas o comunidades con iguales y pacíficos intereses. Las tecnologías actuales lo hacen posible en teoría y ya existen partidos libertarios en el mundo que privilegian la tendencia tecnológico-informática hacia la heterarquía (o estructuras de diverso grado en forma de red) por sobre las actuales jerarquías (o estructuras políticas en forma de pirámide) que pugnan por demorar estos avances. Se trata, en síntesis, de lo voluntario primando por sobre lo coactivo. Única forma definitiva y civilizada de superar el odio, la envidia y el resentimiento que emponzoñan nuestra patria.

Deberemos lidiar entretanto con funcionarios plantados en la ignorancia y con terror al pensamiento, que ni siquiera rinden pleitesía al Estado como institución sino, peor aún, a unas pocas personas bien identificadas.