Sentido Común

Julio 2009

Situémonos por un momento en el mundo de los deseos argentinos promedio. Podría tratarse de una familia, obligada por las circunstancias a vivir en una modesta vivienda estandarizada de clase media baja, de un barrio pobre con mal asfalto “electoral” deteriorado. El padre empezó como encargado de sección en una fábrica que quebró y ahora se gana la vida manejando un camión para la municipalidad. La madre, antes ama de casa, ahora revende y arregla ropa para vecinos. Los hijos callejean o se demoran en el cyber mientras no están en su escuela pública de medio turno.
Imaginemos ahora sentar a esta pareja a una mesa, dejándolos expresar sus sinceros anhelos de vida; sus sueños. Poco tiempo les tomaría entusiasmarse en un listado que sin duda incluiría:

a) Trabajo seguro y bien remunerado para el padre en una industria novedosa y pujante. Dinero efectivo, tarjetas de crédito, cuenta bancaria y respetabilidad social. b) Buena educación para sus hijos en un colegio privado bilingüe de doble escolaridad con deportes y luego, en universidades empresariales con rápida salida laboral c) Medicina prepaga de calidad en sanatorios privados y clínicas de primer nivel. d) Casa de categoría con todo el confort moderno en un barrio de buena ubicación y ambiente familiar, con seguridad privada y accesos iluminados. e) Dos autos de modelo reciente, para independizar movilidades. Buen guardarropa para todos. Muy buena comida. Vacaciones en la playa. f) Seguros de vida y retiro para proveer a una vejez en plenitud, sin sobresaltos económicos. Y probablemente varias cosas más.

Perfectamente justo y válido. ¿Por qué no? En algunos países, metas como esas son realidades alcanzables. Está probado. Tal vez no en la escala en que sería posible para un país tan “rico” como el nuestro, pero forman parte de “la normalidad” en nuestro siglo XXI.

Es de notar que todo lo que nuestros empobrecidos padres de familia anhelan se sitúa en la órbita de la economía privada.
Si pudiesen elegir, abandonarían la órbita de lo estatal y de sus “servicios, subsidios y ayudas” públicas, huyendo raudos hacia lo que ofrece el capitalismo bien entendido; ese “malvado” sistema que nos enseñan a odiar: empresas dadoras de empleo real, banca real, educación real, salud real, hogar real, seguridad real, sociedad de consumo real o jubilación real. Entre muchas otras cosas.

El listado de deseos del argentino medio lo prueba. Tras más de 65 años de gobiernos populistas de todo pelaje, gastando dinero extraído al sector privado en el intento de “ayudar al pueblo” con servicios e intervenciones públicas, el pueblo sólo anhela escapar de los resultados reales de esta “distribución de la riqueza” al revés.

El odio y la descalificación al capitalismo real pueden entenderse en la clase política, sindical y de “empresarios” amigos que viven del sistema socialista repartidor de lo ajeno, de la violencia tributaria y de la inmunidad que les da el poder estatal.
No se justifica en el 95 % restante de la población, incluyendo a empleados públicos, beneficiarios de planes sociales, integrantes de fuerzas armadas o jubilados. Porque son justamente los más vulnerables y postergados quienes más sufren las consecuencias, frente al aborto de las condiciones básicas que permitirían su progreso; su salida de la miseria crónica.
El progresismo sólo hace lo que sabe hacer: retrasar nuestro despegue una y otra vez pisando las cabezas y los deseos de superación de millones de desgraciados para que sus líderes acumulen cuentas numeradas, tierras, negocios y mansiones. Para que un puñado de cerdos inconscientes juegue con ideologías perimidas de dirigismo intervencionista haciendo pagar los costos de su bárbara ignorancia a las familias del llano.

Es cuestión de sentido común. Las intervenciones estatales en la economía siempre son anti-mercado eficiente, anti-ganancias honestas y por lo tanto, anti-inversiones productivas. Son un verdadero fogonazo por la culata para el/la votante de izquierda, centro izquierda, izquierda vergonzante o con un toque de izquierda disfrazada.

La estatización de actividades que pueden ser gestionadas con mayor eficacia y economía de recursos por el sector privado, siempre genera pérdidas en cadena (directas o indirectas) que frenan severamente al conjunto. Ahuyentando el ingreso de dinero y emprendedores desde el exterior. O desde las reservas morales y económicas del interior. Impidiendo la posibilidad de que gente de mérito acceda a su propia y honrada riqueza sin procurar (inútilmente) incautarse la del vecino votando ladrones socialistas que se la roben.

Debemos entender, aunque sea en el plano teórico, que el gobierno siempre trabaja contra la gente. Aunque aparente lo contrario. El sólo costo operativo de todos esos caciques pedantes ordenándonos qué debemos hacer (¡como si lo supieran mejor que nosotros mismos!) y cómo debemos adorar al sistema que los sostiene, es una suma monumental. Suma que estaría mejor aplicada en capitalización productiva privada, creadora de cientos de miles de buenos empleos reales.
Ni hablar del daño económico, el freno anímico, las trabas laborales artificiales, la fuga de fondos, los sobrecostos administrativos, las colosales pérdidas de tiempo y oportunidades de crecimiento que generan todos esos jerarcas políticos lanzados a discurrir sobre la mejor manera de controlarlo todo. Ahogando nuestra libertad, nuestro natural solidario, nuestra cultura del trabajo y nuestra creatividad. Los buenos empleos reales perdidos se cuentan entonces por millones. Entre ellos, el empleo deseado por el padre trabajador de nuestro ejemplo inicial.

El engendro, la máquina de impedir que crearon se devora ya la mitad de la producción total anual de nuestra patria y va por más con la “profundización del modelo”. Los impuestos son hoy el arsénico que la sociedad bebe, forzada, con justa aprensión. Cada peso que se lleva el recaudador es una medida menos de poder financiero y sueños de progreso para las familias y una medida más de poder para la corrupta discrecionalidad estatal.
Evidentemente, cuanto más nos acerquemos al ideal de Cero Impuestos (*) más poderosa, justa, inventiva, captadora de capitales y con más poder inclusivo será nuestra sociedad.
Claro que siempre estará la posibilidad de seguir marchando (¿otros 65 años?) contra el sentido común.



(*) http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/
Ver artículo Cero Impuestos, de Noviembre 08