Sociedad de Esclavos

Mayo 2009

¿Somos una sociedad de mujeres y hombres libres, como nos gusta creer? ¿O se trata de un autoengaño?
Cuando algunos eligen crear o trabajar en empresas y negocios, producir bienes o servicios mientras otros hombres se dedican a usar las armas del Estado para saquear y confiscar a los primeros como modo de vida, parece aventurado catalogar a esa sociedad como libre.

Los vampiros del esfuerzo ajeno, cualquiera sea el grado de su vampirismo (y en la Argentina es muy elevado) conspiran contra el nivel de ingresos de toda la sociedad parasitando a sus víctimas, restándoles energía creativa e imponiéndoles una degradación que conlleva también el propio fin.
La historia de todas las dictaduras del globo y la de nuestra propia y terrible decadencia a manos de despotismos electos lo prueba.
Quienes se benefician de la sangría argumentan que sólo así puede solucionarse el grave conflicto de intereses entre quienes tienen mucho y quienes no tienen nada.

La verdad y la justicia, claro, están en otra parte ya que no hay divergencia de intereses entre personas que no pretenden lo que no han ganado siendo que en un marco de libre intercambio (del que estamos muy lejos), los intereses racionales no chocan entre sí. Sólo se complementan y potencian en la sinergia de un círculo virtuoso: el de la distribución de la riqueza vía el rápido aumento de los ingresos reales de todos. (1)

El bien común no puede lograrse mediante sacrificios humanos, como en la cultura precolombina, desangrando a algunas mujeres y hombres (o empresas y negocios) en beneficio de algunos otros. No somos animales sacrificables, medios para, números en la pantalla del burócrata cuyo destino es subsidiar la vida de vagos, avivados, mafiosas y otros, enriqueciendo políticos en el camino. Aunque una mayoría opine lo contrario.

Si seguimos internándonos en la trampa de aceptar que el infortunio de algunos es una hipoteca con peso de lápida sobre las ganas de crecer de otros, seguiremos decayendo como lo venimos haciendo desde hace más de seis décadas. Años en los que el voto mayoritario apoyó a quienes, aplicando conceptos paleo-económicos, consolidaron la pobreza y la des-educación hundiendo a millones en la desesperanza. Provocando golpes militares que sólo atinaron a administrar el corrupto cáncer estatista, pasando la pelota al siguiente civil inepto.

No se puede vivir en una eterna emergencia que “justifique” fraudes, robos y violación de propiedades por parte del Estado.
Tampoco puede considerarse emergencia a todas las desdichas humanas, muchas elegidas por acción u omisión como pereza, vicios insalubres, incapacidad laboral o agresiva incultura limitante.

El dar es un acto de generosidad y nobleza moral mas no un deber coactivo que deba ser impuesto por la fuerza de las armas. La solidaridad voluntaria se troca en robo bajo amenaza cuando el Estado viola su obligación de proteger los derechos de las personas; en este caso los de aquellas forzadas a solventar el supuesto “derecho” de otras a una casa gratuita, a un trabajo para el que no se esforzaron en calificar o a boletos de ferrocarril a precios de quebranto. El vano intento de lograr fines contradictorios (redistribución de capital de trabajo con crecimiento social) sólo lleva a la destrucción económica y moral, caso del que nuestra patria es ejemplo palmario.

El votante populista dirá “la sociedad me debe una forma fácil de tener mi propia casa. Es mi ‘derecho’ a la vivienda digna. ¿Cómo? No lo sé. De alguna manera” El problema es que de alguna manera siempre significa alguien con rostro, familia, sueños, problemas, nombre y apellido. Y ocurre que no existe el “derecho” de algunas personas a violar los derechos de otras. So pena de africanización… como la que nos está distinguiendo.

Se sabe que sin el derecho de propiedad privada ningún otro derecho es real. Es el primer “derecho humano” después del derecho a la vida porque si el creador de algo no es dueño del resultado de su esfuerzo, tampoco es realmente dueño de su vida no pudiendo sustentarla en acuerdo a la inteligencia, el tiempo y el trabajo empleados en la creación de ese algo. Sostener lo contrario, negando el derecho a disponer de lo propio equivale a convertir a los seres humanos en propiedad del Estado, admitiendo que son sus esclavos o bienes de uso. De los que puede succionar toda la riqueza creada que le parezca conveniente, necesaria o “apropiada”.

En definitiva, los derechos individuales (primer enunciado de nuestra ignorada Constitución) son el medio civilizado de poner a sociedad y Estado bajo el control de la ley moral. Protección de mujeres y hombres libres contra la fuerza bruta de la “superioridad numérica”. La sociedad no es, para nuestra Constitución, un fin en sí misma. Sí lo es el hombre. La sociedad es sólo un medio para la coexistencia ordenada, voluntaria y pacífica de las personas. El individuo no le pertenece y no puede concederle (o revocarle) el permiso de ser libre puesto que cada ser humano posee su vida por completo, como derecho natural anterior a la sociedad y al Estado. Y su vida, como vimos en acuerdo con los más brillantes pensadores de la historia universal, incluye a sus bienes, como extensión del propio ser. El individuo que trabaja, produce y comercia mientras otros disponen del producto de su esfuerzo es, entonces, un esclavo.
Y como tal le asisten los derechos de rebelión, impugnación, resignación bajo protesto o secesión entre otros.

Si las doctrinas nacionalista (militar), peronista, radical o socialista desconocen los derechos del individuo (esencialmente el derecho in-avasallable a la propiedad con todo lo que de él se deriva) sus postulados son la ley del linchamiento legalizado.

Evitemos consolidar en las urnas este sistema criminal donde el gobierno se halla en libertad de hacer lo que le venga en gana mientras los ciudadanos sólo podemos trabajar, comerciar o producir algo si nos conceden el permiso.
Por el contrario, podríamos apoyar con nuestro voto a aquellos candidatos capaces de reeditar el honesto “sueño americano” traducido aquí en el sueño del inmigrante que podía, en una generación, construir su casa, acceder a una vejez con seguridad económica y dejar a sus hijos en buena situación inicial, sin pedir permiso ni parasitar a nadie.



(1) ver artículo “Capitalismo Popular” en http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/