Constituciones

Marzo 2009

Es sabido que nuestra Constitución Nacional, creada a mediados del siglo XIX, lleva una fuerte impronta de la Constitución de los Estados Unidos, creada a fines del siglo XVIII.
Nuestros Padres Fundadores se inspiraron en ella, atentos a la admiración que causaba en todo el orbe el sistema de libertades con estrictos y bien pensados controles al poder del gobierno, que estaba haciendo prosperar de manera espectacular a la joven república del norte.

El modelo norteamericano -más preclaro hoy que nunca- se basa en algunos conceptos-fuerza que pretendieron asegurar las libertades individuales y la propiedad privada (dos conceptos gemelos, interdependientes e indivisibles) contra el poder del Estado, que durante toda la historia había demostrado ser la mayor fuente de violación a estos principios, de despotismo, servidumbre forzada, violencia innecesaria, amenazas, corrupción, y la mayor fuente de limitaciones al crecimiento económico y cultural de la gente común. Vale decir, de las mayorías pobres con honestas inquietudes de progreso.

Se procuró salvaguardar estos derechos diseñando un sistema de gobierno no definido como democracia sino como república.
Se reconoce allí que los derechos de las personas nacen con ellas mismas, son más importantes y existen antes que el Estado. Por tanto, el Estado republicano se crea como mero servidor secundario, responsable de la custodia de estos derechos anteriores a él mismo. Esta es la misión protectora de los gobiernos, quienes de ningún modo están autorizados a reducirlos, condicionarlos o destruirlos.
Sistemas de elección indirectos y fragmentados, Estados federales con gran autonomía en atribuciones soberanas así como una cuidadosa división de poderes con complejos reaseguros de controles mutuos procuran asimismo minimizar el peligro del despotismo de las mayorías. Tenían muy presentes las sabias palabras de Cicerón: “el imperio de la multitud no es menos tiránico que el de un hombre solo y esa tiranía es tanto más cruel cuanto que no hay monstruo más terrible que esa fiera que toma la forma y el nombre del pueblo”.

Con base en lo anterior, también ponen reparos a la formación de un gran poder militar y al involucramiento en guerras y conflictos innecesarios, que se transforman rápidamente en excusas para recortar libertades personales, reducir la transparencia de los actos oficiales y aumentar la intervención sobre la economía.

Se defiende igualmente el derecho a la tenencia y portación de armas entendiéndose esto en la justificada desconfianza de los constituyentes hacia el poder del Estado, que siempre ha pretendido detentar el monopolio de la violencia y la fuerza armada como elemento de dominio y amedrentamiento sobre toda la sociedad.
La disuasión por las armas debe estar en todo caso del lado de los propietarios. Si el gobierno se asemeja a un custodio contratado para proteger nuestros derechos, autorizaremos que porte armas mas no por ello le entregaremos las nuestras ya que nos colocaríamos en estado de indefensión frente al propio empleado. No tiene sentido, por otra parte, prohibir el uso de armas a quienes no están inclinados a delinquir.

Se pone énfasis asimismo en la inviolabilidad de la libertad de prensa en todos sus aspectos como garantía ineludible a la existencia del republicanismo y en la indispensable garantía que también representa el funcionamiento de una Justicia que defienda siempre la primacía de nuestros derechos individuales en toda circunstancia y sin excepciones, por sobre eventuales legislaciones injustas. Por supuesto defienden también el derecho a la libertad religiosa y a la privacidad de los datos financieros y personales tanto como del domicilio por sobre las pretensiones invasivas que con demasiada asiduidad y facilidad logran los aparatos fiscales y de investigaciones del Estado.

Como todos podemos ver, los propios estadounidenses han ido alejándose de los prudentes preceptos de su Constitución. Y es esa sin duda la causa principal de su relativa decadencia económica, de la mengua de su estatus de ejemplo de civilización en libertad y de la mala imagen internacional que genera su torpe actuación como gendarme del mundo.
Nuestra Constitución, pensada y redactada por próceres imbuidos de los mismos sabios principios, registra una violación todavía más flagrante, desaprensiva y torpe.
Lo que se logró mientras estos principios constitucionales fueron medianamente respetados hasta los años 40 del pasado siglo y lo que decaímos desde que fueron abandonados a partir de esa fecha puede traducirse en algunos datos objetivos de gran contundencia.
Tal sería el caso de un somero análisis de la evolución de nuestro PBI en comparación con el de algunos países. Veamos.

Con cifras tomadas en millones de dólares a moneda constante, tenemos que hacia 1820, el PBI argentino era de 799 millones, el de Brasil era de 3.105 (4 veces más), el de España era de 12.970 (16 veces más) y el de Estados Unidos de 12.412 millones, similar al español.
Las superpotencias eran Francia y el Reino Unido, con PBI de 38.423 y 35.129 millones de dólares respectivamente.

Hacia 1890 y con nuestra Constitución ya obrando su efecto, tenemos que Argentina llegaba a 8.885 millones (con un crecimiento real que galopaba al 10 % anual promedio desde 1880), Brasil tenía un PBI de 11.270 (sólo 20 % mayor al nuestro), España 32.793 (sólo 4 veces más) y Estados Unidos 214.712 millones (24 veces más que el argentino), habiendo dejado atrás a Francia (95.000) y al Reino Unido (144.719).

En 1930 el PBI argentino ya era de 51.360 millones, el de Brasil 36.618 (28 % menor), el de España 65.685 (sólo 22 % mayor) y el de Estados Unidos 768.272 millones, sólo 15 veces mayor al nuestro. La locomotora argentina iba descontando ventaja al gigante norteamericano, ya era la segunda economía de América y (aprox.) la séptima del mundo.

El abandono de los mandatos constitucionales de respeto por los derechos individuales y la propiedad privada que había empezado gradualmente antes de 1930, se fue acentuando a partir del golpe militar de aquel año y alcanzó su más perfecta culminación a mediados de la década de 1940.
Nunca más volvieron a aplicarse y el nuevo populismo (al menos en lo que respecta a su falta de respeto con esos principios) se tradujo en un rosario de mandatarios civiles y militares enemigos del claro legado ideológico y moral de nuestros Padres Fundadores. Tomemos como muestra el principio, un intermedio y el fin de este último período, analizando el desempeño nacional.

En 1943 el PBI argentino era de 65.875 millones. El de Brasil 60.339 (todavía un 8 % menor que el nuestro) y el de España, 63.449 millones (3 % inferior). Los Estados Unidos tenían para ese entonces (plena guerra mundial) un PBI de 1.581.094 millones, 24 veces más grande que el argentino.

Ya para 1976 (caía el gobierno de Isabel Perón) nuestro PBI era de 213.232 y el de Brasil, 498.823 (57 % mayor al argentino). El PBI de España era de 333.720 (36 % mayor) y el de los Estados Unidos 3.701.163 millones.

Las cifras actuales nos ubican en un panorama desolador: el PBI argentino es de 338.700 millones mientras que el brasileño alcanza 1.665.000 (5 veces el nuestro) y Estados Unidos 14.330.000 millones, con una economía que nos supera más de 42 veces.
Huelga cualquier comentario, ya que la explicación más cruda al empecinamiento esquizofrénico en autoliquidarnos que nos caracteriza, consiste en que nuestro Estado le teme a la prosperidad porque prefiere la redistribución de la pobreza, que garantiza las ventajas que para sus integrantes y amigos significa el control de la Caja.

La gigantesca trampa caza-bobos que representa el mal llamado “Estado de bienestar” fue desnudada con humor por el ex presidente norteamericano Ronald Reagan, quien dijo en una ocasión “aparentemente hay más conciencia de algo que nosotros los estadounidenses hemos sabido por algún tiempo y es que las diez palabras más peligrosas en el idioma inglés son: hola, soy del gobierno y he venido aquí para ayudar”.