Crisis

Octubre 2008

El gobierno nacional quedó alineado, como de costumbre, con el nutrido grupo de ignorantes y rezagados ideológicos que siguen sosteniendo los postulados de un socialismo anti-mercado superado por la Historia.
Desde esa lamentable vereda, se regodean con la crisis del norte en una actitud que provoca tristeza y vergüenza ajena, aunque no sorpresa entre los argentinos pensantes. Ese sacarse la careta desnudando las miserias del resentimiento y la propia incompetencia constituye, a estas alturas, algo totalmente esperable de la obtusa dirigencia que nos toca.

Desde luego, lejos está la actual situación de demostrar las “fallas del mercado libre” o el “fracaso del capitalismo” que tanto desean los totalitarios, la mala gente violenta y en general los que quieren vivir a costillas del prójimo.
Demuestra, en cambio, las fallas del estatismo dirigista que asfixia y entorpece (también en los Estados Unidos) la potencialidad creadora y la capacidad de acuerdos voluntarios útiles de los hombres y las mujeres libres. El dueño del colapso financiero es una vez más, claro está, el Estado. En este caso puntual, la admirada administración norteamericana.

La democracia intervencionista que campea en los países del primer mundo en general basa, y supone con notable candidez que las decisiones que toman los gobiernos provienen de personas mayormente sabias y bondadosas que persiguen el bien común.
Sin embargo y a poco que se observen las tendencias naturales en el comportamiento usual de cualquier ser humano, debería asumirse que no funcionan así las cosas.

Esta simple observación empírica... se alza como verdadera “madre del borrego” de la mayor parte de los problemas de nuestro mundo.
Existen y predominan grupos de lobby y de intereses particulares organizados por gente que consigue grandes ganancias a través de la acción del Estado. El interés individual lleva velozmente a la corrupción y a los negociados cuando las personas encaramadas en el gobierno, ejercen su control sobre los muchos resortes obligatorios y “legales” de una economía dirigista como la actual.
Se trata del mismo interés individual que, en un mercado libre, provoca la cooperación benéfica creadora de riqueza.

Los gobiernos, en verdad, generan un “desorden espontáneo” (digamos que no intencional) allí donde intervienen, cual verdadera mano invisible en negativo. El mismo acto de decidir algo para ser aplicado coactivamente sabotea la medición de las preferencias individuales, medición imprescindible para la toma de decisiones económicas racionales (vale decir, buenas para los ciudadanos-consumidores).

Los incentivos para ejercer una administración de gobierno orientada al bien de toda la sociedad, por otra parte, son poco convincentes y efectivos en el mundo real: cada funcionario estatal se encuentra motivado en primer lugar, por sus intereses particulares. Sus eventuales decisiones “sabias y bondadosas” pensando en el conjunto, no le producirían rédito alguno y los descreídos contribuyentes-votantes, cansados de ser burros de pago, tampoco premiarían su sacrificio en el nivel que sería necesario.
Es más; el contribuyente ni siquiera se enteraría.

La crisis que nos ocupa constituye un ejemplo más de los malos actos gubernamentales: la burbuja inmobiliaria causante del colapso en cadena, fue motivada por decisiones de la Reserva Federal (hace no mucho tiempo) de mantener la tasa de interés en el 1 % durante 1 año y de consentir complejas operaciones financieras contrarias al derecho de propiedad.

Esta falsa señal al público indujo decisiones económicas erradas en la adjudicación de créditos hipotecarios. Quedaba así sembrada la semilla del desastre: el intervencionismo en acción, provocando la “falla del mercado”.

El pésimo gobierno actual de los Estados Unidos (igual de intervencionista y dañino que otros anteriores) no nos exime de reconocer la existencia de disidencias y alternativas en esa sociedad. El precandidato republicano Ron Paul lleva años denunciando la crisis del sistema económico y los manejos de la Reserva Federal.
Proponía un programa basado en el gobierno limitado, la libertad de comercio, el no intervencionismo militar, la salida de EE UU de la ONU y de la OTAN, la amnistía de los inmigrantes ilegales e incluso la vuelta al patrón oro. Todo en línea con la Constitución de 1787 y las 10 enmiendas de la famosa Carta de Derechos de 1791, sentencias del más puro liberalismo libertario que hicieron de esa nación el faro económico y moral del planeta.

En nuestra Argentina, las malas decisiones del gobierno (altos impuestos distorsivos, precios controlados, prohibiciones al comercio libre, ataques al derecho de propiedad etc. etc. etc.) provocan también desde hace años, malas decisiones privadas en la asignación de recursos. Consolidando la tendencia hacia un panorama económico esquizofrénico que espanta inversiones de capital restando puestos laborales, mejoras salariales y productividad.

Cae entonces la competitividad del país junto con nuestra posición en el ranking global mientras sectores enteros de la economía (como el campo y la agroindustria) sacrifican inútilmente crecimiento en aras de una minoría de beneficiarios: políticos profesionales, empresarios amigos, sindicalistas acomodados y clientes de la dádiva estatal.
El mundo tiene suerte de que seamos una sociedad necia, periférica, atrasada e irrelevante que solo se cuece en su propia salsa. De otra manera hubiéramos sido causantes hace tiempo, de gravísimos colapsos económicos a la humanidad.