Divididos

Agosto 2008

Al igual que muchos otros pueblos -aunque impiadosamente visible tras la rebelión fiscal de Marzo- los argentinos estamos divididos.
De la boca para afuera la división es tenue; casi cuestión de detalles superficiales. Pero dentro de nuestras conciencias, la verdad sin anestesia es muy diferente.

En apariencia, salvo antisociales y dementes, todos están de acuerdo en aspirar a un modelo de país donde impere en serio la no violencia, el respeto al prójimo, a su propiedad, a sus opiniones y a su libre elección de forma de vida. Con libertad de comercio, de prensa y de circulación. Que haga fácil y generosa la solidaridad constructiva con los menos favorecidos tanto como el cooperativismo social y de negocios. Que logre afianzar la sensación general de que todo delincuente recibirá sin excepciones el castigo que se merece. Donde el trabajo honesto vuelva a ser paradigma ético y sinónimo de progreso económico.
Y que con todo eso en vigor, asegure para quien lo desee una educación de excelencia, un sistema de salud moderno e inclusivo y una seguridad social de largo plazo con fondos a salvo del saqueo estatal, tan solvente como justa y atractiva para quienes con sacrificio realizaron sus aportes.

Las diferencias de opinión acerca de estas aspiraciones básicas son, como dijimos, de detalle o de forma. Todos dicen querer esto.

Los argentinos, sin embargo, se dividen en dos clases de personas. Por un lado están quienes desean realmente vivir con honestidad de su trabajo, respetando los derechos del semejante sin engañar, trampear ni robar y renunciando a iniciar forma de violencia ni amenaza alguna contra quienes no los agredan. Sin importar por qué partidos o candidatos hayan votado en el pasado, este grupo reúne a la mayor parte de la población. Mujeres y hombres de conducta honrada, respetuosa, pacífica, sensible al dolor ajeno y con un recto sentido de lo que es ético, de lo que es moral y de lo que es justo. Son la “gente buena”, que todos conocemos.

Y por otro lado está la minoría de quienes no lo desean.
Estos últimos aspiran de palabra al modelo social aceptado por todos y descripto más arriba pero no aceptan en su fuero íntimo renunciar a vivir del esfuerzo de otro, a engañar, trampear, robar o amenazar con la violencia a quienes no los han agredido, para conseguir sus objetivos por la fuerza. No aceptan respetar los derechos del prójimo (en especial el de propiedad) ni su libertad de elegir con cuánto desean contribuir para sostenerlos, sin trabajar en algo que sea productivo para la sociedad.
Se trata de mujeres y hombres que no se atreven a confesar en público sus malas intenciones, ni a apoyar el revólver contra la nuca de un comerciante. Utilizan en cambio el cuarto oscuro a modo de arma para elegir a los sicarios que ejercerán coacción y robo en su representación. Amparados en el anonimato procuran dar rienda a sus deseos, vicios, conveniencias, odios y en ocasiones al acceso a fortunas, a costillas del duro trabajo productivo de otras personas.

Pisoteando preceptos constitucionales clarísimos, esta minoría lo ha logrado una y otra vez en Argentina con breves excepciones durante los últimos 78 años.
Los resultados están a la vista. Nuestra nación está hoy vencida, de rodillas frente a un mundo que nos pasa por arriba riéndose entre dientes de nuestra ciega estupidez.
Ha sido posible mediante el accionar inescrupuloso de algunos militares, intelectuales, mafiosos con grupos de choque, pseudo-empresarios, pseudo-educadores, vividores políticos profesionales, artistas o deportistas que oficiaron de “idiotas útiles” e incluso de religiosos. Grupos relativamente poco numerosos pero con gran ascendencia sobre la “gente buena”. Con dinero, prestigio, autoridad en algún tema, posiciones de poder o bien con cruel inteligencia y facilidad de palabra para convencer a millones de mentes sencillas sobre la “conveniencia” de votar su sistema. El sistema populista que les aseguró siempre (a ellos y a sus clientes) posiciones de ventaja. Porque las personas que en su fuero íntimo no quieren dejar de agredir a los honestos son las que viven de la mayoría trabajadora mediante subsidios e impuestos a discreción, ventajas monopólicas, prohibiciones selectivas, inmunidades legales de facto, jubilaciones o salarios de privilegio, nepotismo y las más amplias posibilidades de corrupción. Quedándose con el agradecimiento popular sobre caridades realizadas con dinero ajeno, para tapar desaguisados que les son propios. Y lo que es peor: hundiendo cínicamente a la República Argentina entre mendacidades, obcecaciones e irreparable pérdida de oportunidades, entre otros graves errores que bien podrían calificarse como verdaderos crímenes de lesa patria.

Superar esta división obligando a ganarse el pan a los deshonestos que frenan nuestro despegue es un objetivo cívico de primer orden. Desenmascarar ante la gente buena y sencilla a los aprovechadores que se turnan para succionar sus energías vitales empujándolos a la pobreza como frutas exprimidas, un deber patriótico ineludible.